Vinculación de dos mundos. Nuevos caminos editoriales.

A. Rivero Taravillo despide el Flaherty´s de Sevilla

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, escribía Pablo Neruda en el vigésimo de sus amorosos poemas. Sin llegar a su desesperación, mucho hemos cambiado, sí, desde que en el otoño de 1994 vimos descargar el mobiliario y la decoración, genuinamente de anticuario y no al por mayor como luego se impuso en otros sitios, del que sería el primer pub irlandés de Sevilla.
Lo que no ha cambiado en estos diecisiete años transcurridos es nuestro amor a Irlanda, y nada más enterarnos del destino que esperaba al local empezamos a peregrinar por allí a diario para ver si habían puesto ya la barra, para ver descargar unos espejos biselados con publicidad antigua, para asistir, casi arrodillados, a la colocación, al fondo del lugar, de una vidriera en la que administraba su bendición San Patricio. Gerry Enright, el dueño hoy sustituido en la gestión diaria por su hijo Darrell, siempre me recuerda cómo, antes aún de abrir el establecimiento, les dejé una tarjeta en que me congratulaba de la llegada del bar irlandés… ¡en gaélico!
Mis recuerdos de los últimos cuatro lustros son ya indisociables de Flaherty. De las muchas pintas bebidas y de algún whiskey (o de ambas cosas al alimón en días de invierno), de la charla con personas venidas de cualquier condado de la isla y procedentes de toda la diáspora irlandesa. De los contundentes desayunos, de los almuerzos en el interior o en la terraza, cuando no en el hermoso patio decorado con motivos añejos de la mercadotecnia de Guinness. De la tertulia y de la introspección. Del ejemplar del The Irish Times desplegado sobre la barra. De las celebraciones del Bloomsday, en sucesivos meses de junio.
Allí he escrito poemas y leído revistas, admirado camareras y conocido a directores de cine; allí he retomado el trato (quiero decir el trago) con un antiguo profesor mío, escocés, que me entrevistó para una beca de Edimburgo en la que ya mostré deseos de trabajar sobre W. B. Yeats, cuya Poesía reunida luego he traducido; allí hemos tarareado “Garryowen” con el más fordiano de los arquitectos. Allí he hilvanado versiones, disparate tras disparate, del reciente La gente corriente de Irlanda, de Flann O’Brien.
No todo son buenos recuerdos, como es lógico. Y aquí he de recordar el día en que alguien me asestó la especie de que la cerveza que se tiraba en el bar no provenía de la fábrica de Saint James Gate, en Dublín, sino de la factoría de Nigeria. Eso fue un golpe bajo y también, afortunadamente, ya digo, un engaño. Por otra parte, el hecho de que la música que allí sonaba fuera en los últimos años más propia de Harlem que del barrio de The Liberties, al sur del Liffey, aunque un disgusto ha sido sin duda providencial para que alguna vez volviera a casa y no me tuvieran que echar con la escoba, embobado, con cerveza negra y sin blanca, ante la voz feérica de Karan Casey o la inveterada animación de reels encadenados The Chieftains.
No te echaremos de menos, Flaherty, porque ya te llevamos con nosotros como las sílabas se enhebran en una canción, de la que son inseparables. Y hoy, en tu velatorio, la elegía brota a borbotones y en cada renglón se lleva algo de nuestra vida.
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