Vinculación de dos mundos. Nuevos caminos editoriales.

Adriana Schlittler

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Vacaciones

Adriana Schlitter

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Comparamos notas

Seguimos el cortège con la mirada hasta que rápidamente se perdió de vista entre la neblina del bosque, y el propio sonido de los cascos y las ruedas fue desvaneciéndose en el aire de la callada noche.

Nada quedaba para asegurarnos que la aventura no había sido una ilusión del momento excepto la joven dama, que justo en ese instante abrió los ojos. Yo no podía verla bien, pues tenía el rostro vuelto, pero levantó la cabeza claramente mirando a su alrededor, y escuché una voz dulce que preguntaba afligida:

-¿Dónde está mamá?

Nuestra buena madame Perrodon respondió con ternura y añadió algunas observaciones tranquilizadoras.

Luego le oí preguntar:

-¿Dónde estoy? ¿Qué lugar es éste? –y después añadió-: No veo el carruaje. Y Matska, ¿dónde está?

Madame respondió a todas sus preguntas de un modo que ella comprendiera y la joven fue recordando poco a poco cómo se había producido la desgracia, y le alegró saber que nadie, ni dentro del carro ni entre los sirvientes, había resultado herido; pero al darse cuenta de que su mamá la había dejado allí, hasta que volviera después de tres meses, se echó a llorar.

Yo iba a sumar mis consolaciones a las de madame Perrodon cuando mademoiselle De Lafontaine me puso la mano en el brazo, diciendo:

-No te acerques; por el momento sólo puede conversar con una persona a la vez; la menor excitación podría marearla ahora.

«Tan pronto como esté cómodamente en la cama –pensé-, subiré a su habitación para verla».

Mi padre, mientras tanto, había enviado un criado a caballo en busca del médico, que vivía a unas dos leguas, y estaban preparando un dormitorio para acoger a la dama.

La forastera se levantó entonces y, apoyándose en el brazo de Madame, fue andando despacio por el puente levadizo y atravesó la cancela del castillo.

En la sala de la entrada, los criados aguardaban para recibirla y la condujeron de inmediato a su aposento. La habitación que solíamos usar como salón es alargada, con cuatro ventanas que miran al foso y al puente levadizo, sobre la vista del bosque que acabo de describir.

Está amueblada en roble antiguo labrado, con amplios armarios tallados, y las sillas están tapizadas con terciopelo carmesí de Utrecht. Las paredes están cubiertas de tapices y rodeadas de cuadros con marcos dorados y figuras de tamaño natural con atuendos antiguos y muy curiosos, y los motivos representados son la caza, la cetrería, y en general festivos. No está dispuesto con demasiada pompa para que así sea más confortable. Y aquí tomamos el té, pues, a causa de sus habituales tendencias patrióticas, mi padre insistía en que la bebida nacional apareciera con regularidad junto al café y el chocolate.

Nos sentamos allí esa noche y, a la luz de las velas, conversamos sobre la aventura del anochecer. Madame Perrodon y mademoiselle De Lafontaine formaban parte de la reunión. La joven forastera se había sumido en un profundo sueño tan pronto como había caído en el lecho, y las dos damas la habían dejado al cuidado de una criada.

-¿Qué le parece nuestra invitada?- pregunté tan pronto como entró Madame-. Cuénteme todo sobre ella.

-Me agrada muchísimo –respondió Madame-. Creo que es la criatura más bella que he visto jamás; es de su edad, y muy agradable y simpática.

-Es absolutamente hermosa –terció Mademoiselle, que se había asomado un momento al dormitorio de la forastera.

– ¡Y qué voz más dulce! –añadió madame Perrodon.

-¿Repararon en una mujer en el carruaje, una vez que lo enderezaron de nuevo, que no salió –inquirió Mademoiselle-, sino que sólo miraba desde la ventana?

-No, no la vimos.

Así que describió a una espantosa mujer negra, con una suerte de turbante de colores en la cabeza, que se asomaba todo el tiempo desde la ventana del carro, sacudiendo la cabeza y sonriendo con sorna hacia las damas, con ojos refulgentes y desorbitados y apretando los dientes con furia.

-¿Notaron la mala catadura que tenían los criados? –preguntó Madame.

Sí –dijo mi padre, que acababa de entrar-, tipos feos y con mala pinta como nunca he visto en mi vida. Espero que no roben a la pobre dama en el bosque. Son rufianes espabilados, en todo caso: lo arreglaron todo en un minuto.

-Se diría que estaban agotados por el largo viaje-, dijo Madame.

-Además de parecer malvados, sus caras eran extraordinariamente magras y oscuras, y hoscas. Soy demasiado curiosa, lo admito, pero me atrevería a decir que la joven dama se lo contará todo al respecto mañana, si está lo bastante recuperada.

-No creo que lo haga –dijo mi padre con una misteriosa sonrisa y una pequeña inclinación de cabeza, como si supiera más sobre ello de lo que tenía intención de contarnos.

Esto nos dejó más intrigados acerca de lo que había sucedido entre él y la dama del vestido de terciopelo negro durante la breve pero intensa entrevista que había precedido a su partida.

Apenas nos quedamos a solas, le rogué que me lo contara. No hizo falta que le insistiera mucho.

-No hay ningún motivo en particular por el que no deba contártelo. Ella expresó sus reticencias a causarnos problemas con el cuidado de su hija, diciendo que era de salud delicada y nerviosa, pero que no padece ningún tipo de ataques (salió de ella decir eso) ni alucinaciones. Está, de hecho, perfectamente cuerda.

-¡Qué extraño que dijera todo eso! –le interrumpí-. Era del todo innecesario.

-En cualquier caso, lo dijo –se rió-, y como tú querías saber todo lo que pasó, que en realidad fue muy poco, te lo cuento. Luego ella dijo: «Estoy haciendo un largo viaje de vital importancia (ella subrayó la palabra), rápido y secreto; volveré a por mi hija dentro de tres meses. Mientras tanto, ella callará respecto de quiénes somos, de dónde venimos y adónde nos dirigimos.» Eso es todo lo que dijo. Hablaba un francés muy puro. Cuando pronunció la palabra «secreto», hizo una pausa de varios segundos, mirándome con seriedad, sus ojos fijos en los míos. Imagino que le concedía una gran importancia. Viste lo deprisa que se marchó. Espero no haber cometido una estupidez al hacerme cargo de la joven dama.

Yo, por mi parte, estaba encantada. Me encontraba ansiosa por verla y hablar con ella, y sólo esperaba a que el doctor me diera permiso. Los que viven en ciudades no se hacen una idea del gran acontecimiento que supone la aparición de un nuevo amigo en una soledad como la que nos rodea.

El doctor no llegó hasta cerca de la una, pero antes que ser capaz de irme a la cama y dormir habría podido alcanzar a pie el carruaje en el que se había marchado la princesa vestida de terciopelo negro.

Cuando el médico bajó al salón fue para hacer un informe muy favorable sobre su paciente. Ahora estaba incorporada, con pulso bastante regular, perfectamente bien en apariencia. No había sufrido ninguna herida y la leve conmoción había pasado sin mayores consecuencias. No podía ser perjudicial, desde luego, que yo la viera, si ambas lo deseábamos. Y con esta autorización envié, inmediatamente, a que averiguasen si ella consentía que la visitase durante unos minutos en su cuarto.

La criada volvió al momento para decir que no había nada que deseara más.

Puede estar seguro de que no tardé en aprovechar esta licencia.

Nuestra visitante se alojaba en una de las habitaciones más bonitas del castillo. Acaso un poco pomposa. Había un sombrío tapiz frente a los pies de la cama que representaba a Cleopatra con el áspid en su seno, y otras solemnes escenas clásicas se exponían, algo desvaídas, por el resto de las paredes. Pero había tallas doradas y colores ricos y variados en el resto de la decoración del cuarto para redimir con creces lo lúgubre de los viejos tapices.

Había velas junto al lecho. Ella estaba incorporada; envolvía su bonita figura esbelta en un camisón de suave seda, bordado con flores y forrado con fina seda acolchada, que su madre había arrojado a sus pies cuando yacía en el suelo.

¿Qué fue lo que, al llegar junto al lecho y esbozar mi saludo, me aturdió en un momento y me hizo retroceder uno o dos pasos ante ella? Se lo diré. Vi la misma cara que me había visitado en mi infancia por la noche, que había quedado grabada en mi memoria y que durante tantos años había tenido en mente, a menudo con horror, cuando nadie sospechaba lo que yo estaba pensando.

Era bonita, incluso hermosa, y cuando la contemplé la primera vez tenía la misma expresión melancólica. Pero casi al instante ésta se iluminó en una extraña sonrisa fija de reconocimiento.

Hubo un silencio de un largo minuto, y luego ella habló al fin. Yo no podía.

-¡Qué maravilla! –exclamó-. Hace doce años vi tu cara en un sueño, y me ha perseguido desde entonces.

-¡Una maravilla, desde luego! –repetí, sobreponiéndome con un esfuerzo al horror que durante unos instantes me había dejado sin palabras-. Hace doce años, fuera visión o realidad, te vi claramente. No podría olvidar tu cara. Desde entonces la he tenido siempre ante los ojos.

Su sonrisa se había suavizado. Lo que quiera que me hubiese parecido extraño en ella había desaparecido, y, en conjunción con sus mejillas con hoyuelos, era ahora deliciosamente bonita e inteligente.

Me tranquilicé y seguí de un modo más acorde a los dictados de la hospitalidad para darle la bienvenida y decirle cuánto placer nos causaba su llegada accidental y, especialmente, qué felicidad suponía para mí.

Cogí su mano mientras hablaba. Yo era un poco tímida, como la gente solitaria, pero la situación me hizo elocuente, e incluso atrevida. Ella apretó mi mano, dejó la suya encima, y sus ojos brillaban mientras, mirando fugazmente a los míos, sonrió de nuevo y se sonrojó.

Respondió a mi bienvenida con mucha elegancia. Me senté junto a ella, todavía admirada, y me dijo:

-Debo contarte mi visión sobre ti; es muy extraño que tú y yo hayamos soñado tan vívidamente la una con la otra, que nos viéramos, yo a ti y tú a mí, con el aspecto que tenemos ahora, cuando ambas éramos sólo niñas. Yo tenía unos seis años y me desperté de un sueño confuso y agitado y me descubrí en una habitación que no se parecía a la mía, revestida toscamente con una madera oscura, y con aparadores y camas y sillas y bancas repartidas por ella. Las camas estaban, creía, todas vacías, y en la habitación no había nadie salvo yo. Entonces, tras mirar a mi alrededor durante un rato y admirar en especial un candelabro de hierro con dos brazos, que reconocería de nuevo con seguridad, me arrastré bajo una de las camas para alcanzar la ventana, pero según salía de debajo oí llorar a alguien y, al mirar hacia arriba, aún arrodillada, te vi –eras tú sin la menor duda- como te veo ahora, una hermosa dama con cabello dorado y grandes ojos azules, y labios… tus labios; tú como estás aquí.

Tu aspecto me cautivó; me subí a la cama y te abracé, y creo que nos quedamos dormidas. Me despertó un grito; tú estabas incorporada, gritando. Me asusté y me deslicé hasta el suelo, y, según me pareció, perdí la conciencia por un momento; cuando volví en mí me encontraba de nuevo en mi cuarto, en casa. Desde entonces nunca he olvidado tu cara. No podría confundirte con un simple parecido. Tú eres la dama a la que vi entonces.

Ahora me correspondía a mí el relato de mi visión, para el indisimulable asombro de mi nueva amiga.

-No sé quién debería asustarse más de la otra –dijo, sonriendo de nuevo-. Si fueras menos bonita creo que debería temerte mucho, pero al ser como eres, y siendo las dos tan jóvenes, sólo siento que nos hemos conocido hace doce años y ya tengo derecho a un trato íntimo. De todas formas, parece que estábamos destinadas, desde la niñez más temprana, a ser amigas. Me pregunto si te sientes empujada hacia mí tan extrañamente como yo hacia ti; nunca he tenido una amiga: ¿la encontraré ahora?- Suspiró, y sus bonitos ojos negros me miraron apasionadamente.

Lo cierto es que sentía algo inexplicable hacia la hermosa forastera. Me sentía, como había dicho, «empujada hacia ella», pero también había algo de repulsión. Aunque en este sentimiento ambiguo prevalecía con diferencia la atracción. Ella me interesaba y cautivaba; era muy bella e indescriptiblemente encantadora.

Noté entonces que algo de languidez y cansancio se adueñaba de ella y me apresuré a darle las buenas noches.

-El doctor cree –añadí- que una doncella debería quedarse contigo esta noche; una de las nuestras está preparada, y comprobarás que es muy eficaz y silenciosa.

-Es muy amable por vuestra parte, pero no podría dormir. Nunca he podido con un sirviente en la habitación. No necesitaré ninguna ayuda y, debo confesar una debilidad: tengo un temor obsesivo a los ladrones. Una vez robaron en nuestra casa y mataron a dos criados, así que siempre cierro mi puerta con seguro. Se ha convertido en una costumbre… y tú pareces tan amable que sé que me disculparás. Veo que hay una llave en la cerradura.

Ella me estrechó entre sus bonitos brazos durante un momento y me susurró al oído:

-Buenas noches, querida, es difícil separarse de ti, pero buenas noches; mañana, aunque no temprano, te veré otra vez.

Se dejó caer con un suspiro sobre la almohada, y sus bonitos ojos me siguieron con una mirada cariñosa y melancólica y murmuró otra vez:

-Buenas noches, querida amiga.

Los jóvenes aprecian, incluso aman, por impulsos. Yo estaba halagada por el evidente, aunque aún inmerecido, cariño que me mostraba. Me gustaba la confianza con que me había acogido. Ella había decidido que seríamos amigas íntimas.

Llegó el día siguiente y volvimos a encontrarnos. Yo estaba encantada con mi compañera, y me refiero a muchos aspectos.

Su apariencia no perdía nada con la luz del día: era ciertamente la criatura más bella que jamás había visto; y el recuerdo molesto de la cara que se había presentado en mi antiguo sueño había perdido el efecto del inesperado primer reconocimiento.

Ella confesó que había experimentado una conmoción similar al verme, y exactamente la misma leve antipatía que se había mezclado con mi admiración ante ella. Ahora nos reíamos juntas de nuestros miedos pasajeros.

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