Vinculación de dos mundos. Nuevos caminos editoriales.

Juan Villoro rememora el devastador terremoto que sufrió en Chile vía El País

Juan Villoro tiene estropeado desde hace un año el botón de rellamada de su teléfono: ha quedado fijo con el número del hotel de Chile al que llamaba desesperadamente su mujer para saber de él cuando el espeluznante terremoto del 27 de febrero de 2010. “Quisiera conservarlo como toque de atención; ante un cataclismo así, uno pasa a limpio su vida; y eso me lo recuerda”. El escritor pensaba que no salía de esa: “Creí, honestamente, que no sobreviviría; estaba en el séptimo piso del hotel y vi como se desdibujaba la materia, escuchaba como todo se abría… Fueron siete minutos entre la vida y la muerte, una suspensión de la percepción; el peligro y el miedo, en el fondo, lo reelaboré después, al ir bajando las siete plantas”. El miedo, sobre lo que había ido a teorizar en el congreso de literatura infantil, se había hecho realidad.

Como buen mexicano, Villoro tiene “un sismógrafo en el alma”; en realidad, los seísmos siempre han tenido un papel crucial en la vida de este escritor y periodista. “Empezaron como forma de arrullo y protección: los identificaba con los pasos de mi padre, el temblar del suelo del piso estaba asociado a su presencia o regreso tras separarse de mi madre cuando yo tenía nueve años; con el tiempo, dejaron de ser momentos de parque temático para convertirse en un drama con el que sacudió México DF en 1985, que se llevó por delante a mi mejor amigo, un médico que estaba de guardia”.

De todo ello nunca escribió por pudor. Eso cambió con el del año pasado -“me regresó a los miedos de 1985”-, lo que ha dado pie a 8.8: el miedo en el espejo (Candaya), breve pero resiliente catálogo de los dominios de Villoro: relato vivido, crónica y ensayo donde, eso sí, apenas aflora uno de sus mejores recursos: la ironía. “Es mi libro más desnudo porque es el único que no pensé que iba a escribir nunca. Se impuso él; quería ser fiel a las emociones, a ese sabor de la muerte, a la cal y al yeso que tenía en la boca por los derrumbes; todo el libro tiene gusto de yeso, esa atmósfera de tierra, esa prefiguración de la tumba… No quería adornarlo, deseaba mantener la lealtad a las emociones”. Ahí están, pero también sentidas reflexiones sobre el papel del destino y las supersticiones, los avisos de desastre que captó o le hicieron captar. “Soy bastante supersticioso, cierto, pero es que un cataclismo cambia tu relación con la credulidad; estar ante algo inesperado hace que te parezcan plausibles explicaciones paralelas, cosas que hubieras dicho que eran charlatanerías; cuando ves que la materia se desgaja, la providencia, lo religioso, aparece; o gente con percepción paranormal; es muy limitado pensar que nuestra relación con la realidad sólo puede ser una; animales que tiene comportamientos previos extraños, personas que notan cosas… la catástrofe da fuerza retrospectiva al azar”.

Total, que Villoro se volvió desde entonces “más crédulo; esa agitada me hizo ver la cosas de otro modo”. Lo dice con contenida intensidad: “El automatismo con el que vivimos se desconectó; tuvimos, claro, un apagón integral, un paréntesis sin tecnología en el que percibí que no hay plan B, dependemos tanto de la tecnología que se ha convertido en una prótesis; es un dopaje y una sobredosis, nuestra dependencia tecnológica es muy superior a la de nuestros antepasados y eso hace que no entendamos el mundo, la naturaleza, como límite: lo que antes era una catástrofe limitada se transforma en un fenómeno incalculable; a la crisis de los volcanes la aviación europea responde pidiendo más rutas aéreas… ¡así se multiplicará el colapso futuro!”. Pero a ese apagón exterior se unió “el de dentro de nosotros, otro tipo de apagón que nos desenchufó de la vida normal que tenemos” y que en el libro se traduce en la historia de una mujer en estado de coma.

La “vida adicional” que dice el escritor que lleva desde el episodio le da en el opúsculo para pensar sobre la actitud de los medios de comunicación ante fenómenos así -“la información fue muy tremendista; en toda la mediosfera hay una polución catastrofista; en México, la violencia golpea dos veces: en el mundo real y en los medios, donde las bandas, para ser identificados, generan una violencia de autor”. También deja entrever la reacción al miedo según la nacionalidad. “El nacionalismo es una expresión zoológica y primitiva que nos une, algo casi hormonal; hay distintas culturas ante el peligro, diferentes instrucciones de uso ante el miedo; los argentinos fueron los reyes de la calma quizá porque han sufrido ya demasiados terremotos interiores; los mexicanos lo hicimos con la idea del postapocalipsis: el fin de mundo ya lo vivimos; los españoles, perplejos ante los datos, fueron los más realistas…”.

Rey de la crónica, Villoro sabe que estos textos difícilmente hubieran tenido hoy cobijo en un diario. El género está acechado. “Escribí que la crónica es el ornitorrinco de la prosa por su riqueza de recursos, pero hoy tendría que decir que es el unicornio, una literatura imaginaria por su abandono en la prensa; en Sudamérica se está refugiando en las revistas y en los libros, pero es un error de la prensa, donde los periodistas están cada día más gordos por permanecer pegados al ordenador y los diarios, cada vez más flacos por falta de papel”. ¿Solución a la competencia de la inmediatez de los medios electrónicos? “Les falta confianza; deberían reaccionar con historias largas y crónicas, donde se une el mundo de los datos y de la información con el de los afectos y la emoción de la vivencia individual”.

A pesar de la nueva vida tras el terremoto, para el autor de Dios es redondo aún hay un rinconcito para el fútbol. Y si estamos a principios de temporada, aún resuena el mercato: “Es un delirio compartido: traspasos, derechos de televisión, camisetas… el fútbol se administra hoy más que nunca como un casino: se apuesta a lo loco; el dinero de un club no depende de la obtención de títulos sino del traspaso de jugadores, con equipos que ya se especializan en eso; es la economía del tráfico frente al éxito deportivo, que casi te penaliza”. Quizá convendría ahí también un seísmo.

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