Vinculación de dos mundos. Nuevos caminos editoriales.

Alberto Chimal ofreció conferencia en la Casa Municipal de Cultura vía La Jornada

  • Lo fantástico es una actitud ante el lenguaje que llama al descubrimiento de territorios
  • Asegura que el realismo mágico de García Márquez recobra vida con nuevos autores

MARTIN CATALAN LERMA

El escritor Alberto Chimal, Premio Nacional de Cuento, impartió una conferencia en la Casa Municipal de Cultura de Guadalupe en la que afirmó que el realismo mágico de Gabriel García Márquez, a pesar del estancamiento literario en América Latina, recobra vida con nuevos autores.

Comenzó la charla con recordando que descubrió la obra de Gabriel García Márquez en la infancia, primero se encontró con una edición de sus cuentos y más tarde con la obra Cien años de soledad, y comprendió que él escribiría literatura fantástica.

Así, dijo que, sin que alguien se lo propusiera, la mayoría de sus primeros libros e historias podían etiquetarse como de ese “subgénero”, que es “un bicho raro y ligeramente apestoso entre nosotros”, aunque nadie le dijo que García Márquez fuera radicalmente distinto porque “para mí estaba entre Jorge Luis Borges y Philip K. Dick, y el conjunto de sus historias se me figuraba uno más de los tratados mitológicos, como mi primera versión de la tragedia de los nibelungos o la obra de H.P. Lovecraft”.

Más tarde, continuó, “he seguido pensando lo mismo” incluso contra el desdén y las malas lecturas habituales, ya que las grandes obras de imaginación le siguen pareciendo más interesantes que las que se limitan a repetir el mundo y, desde luego, que las historias ñoñas y confortables que habitualmente se etiquetan como “fantasía”.

No obstante, Chimal expuso que él comenzó a entender las dificultades que tiene lo fantástico justamente a partir de su primer encuentro con García Márquez, e incluso recordó que durante años le intrigó que, profundizando en aquellos autores y libros, era posible encontrar trazas o influencias de muchos autores cruciales de siglos pasados y aun del 20 en otros posteriores, pero no de Gabo.

¿Dónde estaban los sucesores de García Márquez?, ¿dónde estaba la obra fantástica que buscara las alturas de su modo de contar, de su capacidad de invención?, cuestionó Chimal, a lo que prosiguió afirmando que la respuesta fue desalentadora, porque las que existían estaban totalmente fuera del mundo hispánico y costaba reconocerlas porque no se les encuadraba como fantástica.

En ese sentido, los llamados continuadores del llamado realismo mágico, como se llama con frecuencia a la “escuela” de García Márquez, no cuentan, pues “en una supresión que me pareció inexplicable durante años, ni los mejores entre ellos se interesaron jamás en el sentido fantástico de la obra de su maestro; en cambio, insistieron en la descripción de una supuesta realidad exótica y colorida, estrambótica, literalmente cierta pero contenida por una exigencia constante de reducir los sucesos y personajes imposibles, o altamente improbables, a algo más cercano a una visión convencional de la realidad: a alegorías o exageraciones de sucesos y personas reales”.

Por tanto, el escritor afirmó que lo fantástico, cuya raíz es el romanticismo de los siglos 18 y 19, es llamado un subgénero pero no lo es, como tampoco es un “movimiento” ni una “escuela”, sino es una postura, una actitud ante el lenguaje que llama precisamente al descubrimiento de territorios ajenos a los límites de la razón objetiva.

En 1996, expuso Chimal, la aparición de la antología McOndo, de Alberto Fuguet y Sergio Gómez, hizo visible la reacción de una nueva generación de escritores de habla española contra ese estancamiento: Fuguet y Gómez veían el realismo mágico como un fórmula caduca, “el estereotipo de cómo debe o no debe ser el retrato de Hispanoamérica”, y propusieron en cambio otra descripción: un territorio globalizado, “sobrepoblado y lleno de contaminación, con autopistas, metro, tv-cable y barriadas, McDonald’s, computadores Mac y condominios, amén de hoteles cinco estrellas construidos con dinero lavado y malls gigantescos”.

En ese sentido, McOndo abrió el camino a una especie de nuevo realismo, más diverso, durante el resto de los años noventa y lo que va del siglo 21: un entorno más propicio para la obra de Bolaño, de Bellatin, y de todos los autores importantes que van contra los prejuicios del imaginario occidental sobre América Latina fundados en el realismo mágico, así como en la idea de que éste es la descripción de un mundo meramente real, exagerado aquí y allá pero en el fondo factualmente correcto: una especie de texto en clave que sólo invita a descifrar algo que ya se conoce.

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