Vinculación de dos mundos. Nuevos caminos editoriales.

Vías ordinarias: La sangre del poeta; sobre Eric Uribares (@soyuribares vía: jornadamorelos.com)

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Vías ordinarias: La sangre del poeta

Ricardo Arce

“Hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear.”
Roberto Bolaño

Hace poco más de un año me reuní con Eric Uribares en la “Hostería la Bota” para darle las correcciones de su poemario Cartografía del Miedo. Las correcciones mas que gramaticales u ortográficas iban sobre la edición (tipografía, diseño, acabados, etcétera.) y sea ya de paso, planear el mercado, lugares de venta y presentaciones.
La plática dio tantas vueltas como un perro antes de echarse. El cielo del Defe llovía con timidez. El lugar estaba vacío. Hablamos de nalgas y de poetas, de géneros literarios, de grupos literarios, de ambiciones literarias y de promesas que es mejor no cumplir. Aquella tarde estaba seguro de que hacía algo bien; por fin en mi vida como editor hacía algo bien, algo de lo que no me arrepentiría.
Lo que no sabía y de lo que tampoco se habló en el “contrato” de editor vs poeta, fue del convenio que ahora se tendría como compinches de una guerra invendible, de una batalla contra nadie; en el desierto, frente al olvido pues no había contrincantes o peor, los contrincantes eran todos (todas las editoriales, todos los grupos, todas las becas, todo un país) pero ninguno lo sabía, es decir, le declaramos la guerra a nuestro peor enemigo que era un fantasma, un ser invisible que nunca se enteró que había alguien que los miraba feo.
Es probable que haya sido yo el único que lanzó el gruñido, o a lo mejor, como el peor editor de la historia haya decidido hacer un contrato entre cervezas y marihuana. Él recordó su encuentro con Juan Villoro, su borrachera en Salamanca, sus lecturas en Andaluz. Y todo, aparentemente todo, estaba confabulando para que esa noche conociéramos a una chiquita de Zaragoza y su hermano teto que no hablarían de otra cosa si no de lo bello que es México. Eric me presentaba como su primer editor (un primer editor underground que cambiaría el rumbo de la poesía mexicana, que le partiría su madre a cualquier cosa que tuviera un significado atemporal –me convenía creerlo–). Ellos se presentaron como un par de hermanos que en algún momento tuvieron relaciones sexuales en su país pero que ahora llegaban a México para divorciarse, músicos alternativos, con una disquera alternativa que creían cambiaría la manera de escuchar música alternativa, que marcaría una nueva tendencia entre las cerillas y los tímpanos de los españoles y, porqué no, del mundo. Brindamos.

Unos ojetes se le quedaron mirando bien sabroso a la muñeca española. “¿Qué, putos?” les dijo el poeta recién contratado sin emitir sonido, así nomás; moviendo los labios. Los libidinosos rieron. “Les voy a partir su madre, putos” dijo el poetita que practicó box y que le partió su madre a cinco o seis cristianos él solito y estando pedo.
La mamacita se sintió incómoda. Fue al baño y pagó la cuenta. El hermano incestuoso miró el techo blanco. La banda tocaba bien padre las rolas eternas de los jóvenes eternos. La noche era un golpe de suerte. Los cariñosos hermanos se fueron (antes de eso nos regalaron un CD de su productora, nos prometimos escribirnos, les regalé mi tarjeta, abrazos, besos en ambas mejillas y la cuenta saldada).
El par de morbosos se carcajeaban del mundo. “Pinche puto” dijo uno “¿Quién?” pregunté. El poeta merolico no supo nada, sólo sintió el primer empujón del banco y se fue de nalgas, el segundo morboso se me aventó sólo porque ver era aburrido. Golpe a la quijada esquivado, patada amortiguada, gritos del público femenino, adrenalina por los puños, por la cabeza, por los pies y las ganas prohibidas por soltar un puñetazo certero, uno que escupiera un “ay cabrón”. Nada, me la pasé esquivando hasta que llegaron los de seguridad y nos pidieron amablemente que nos calmáramos y nos fuéramos. Mi poeta estaba en el suelo agarrado de las piernas de su contrincante mientras éste le daba de coscorrones.
Los esperamos afuera, amenazaron con llamar a la policía. Los esperamos en la esquina. Nos dio frío y sueño. Al poeta le dolía el coxis y la cabeza. Ya no había cigarros ni sombras.
Quince días después publiqué el “Plomo en la Patria”, plaqueta de poemas sociales de distribución gratuita. Dos meses después asesinaron cobardemente al hijo de Javier Sicilia. Un mes antes se publicó Cartografía del Miedo de Eric Uribares.

Veintinuo

el tiburón huele la sangre
del poema

y yo escribiré dentro de la jaula
hasta que el oxígeno se agote.

Twitter: @soyUribares, @arcefalia

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