Vinculación de dos mundos. Nuevos caminos editoriales.

Carmilla o revienta. #literaturavampiros Extraído de gara.net

 

La vampiresa es la madre de todos los vampiros, al menos en lo literario, porque el irlandés Sheridan Le Fanu se adelantó a Bram Stoker con la creación en 1872 de «Carmilla». Poco importa su antigüedad, porque por esas extrañas conexiones intergalácticas lo gótico vuelve a ser lo más de la modernez, y a la moda siniestra por excelencia se apunta Dennis Gansel con «Somos la noche». Claro que, siendo alemán, hay que reconocer, nunca mejor dicho, que lo lleva en la sangre. El invocar al «Nosferatu» de Murnau ya es suficiente pretexto para que la industria del cine teutón se haya planteado una vuelta renovada a sus orígenes. Y, en verdad, que ha costado, porque Gansel tenía terminado el guión hace doce años y le ha llevado diez poder estrenarlo.

Quiero pensar que han sido sus éxitos consecutivos con «Napola» y «La ola», sus dos personales aproximaciones al nazismo, los que le han permitido abordar por fin este viejo proyecto. Las malas lenguas dicen, en cambio, que ha de dar gracias al fenómeno «Crepúsculo», sin el cual le habría sido difícil encontrar financiación en una Merkelandia nada amante del cine de género. Es de justicia aclarar que para evitar posibles comparaciones Gansel y su coguionista Jan Berger renunciaron al título primitivo del guión, que era «The Dawn». Y, en efecto, sus vampiresas desean tanto disfrutar con la luz del amanecer que se arriesgan a acabar echando humo.

Tan irónica escena remarca la intención de distanciarse de la domesticación creciente de los no muertos, recalcando que poseen unos colmillos tan sexys como los de las vampiresas de Jean Rollin o Jess Franco, y que su imagen no se refleja en el espejo. Ahora bien, la película se emparenta con la vertiente estilizada impuesta por el recién fallecido Tony Scott de «El ansia», así como con el romanticismo de la novela de Anne Rice «Entrevista con el vampiro», llevada a la pantalla por Neil Jordan.

En fin, que se puede ser eterna y estar a a la última, más aún cuando la noche berlinesa se presta al lujo decadente de consumir de todo sin miedo a morir.

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