Vinculación de dos mundos. Nuevos caminos editoriales.

Té verde, #Relato de Sheridan le Fanu

Té verde. Joseph Sheridan Le Fanu.

 Prólogo: Martín Hesselius, el médico alemán
         Aunque tuve una excelente formación en medicina y cirugía, nunca practiqué ninguna de las dos especialidades. No obstante, el estudio de ambas sigue interesándome profundamente. Abandoné la honrosa profesión en la que acababa de ingresar pero no lo hice por capricho ni por pereza. La causa fue un leve rasguño producido por un bisturí de disección. Esa pequeñez me costó la pérdida de dos dedos, amputados rápidamente, y el más penoso quebranto de mi salud, pues desde entonces nunca estuve del todo bien y muy rara vez he residido doce meses seguidos en el mismo sitio.
         En mis vagabundeos trabé relación con el doctor Martín Hesselius, un individuo errante igual que yo, médico igual que yo y también como yo apasionado por su profesión. Sin embargo, difería en que sus viajes eran voluntarios; no se trataba de un hombre de fortuna, tal como estimamos la fortuna en Inglaterra, aunque gozaba de una “posición acomodada”, según hubieran dicho nuestros antepasados. Cuando lo conocí ya era anciano, casi treinta y cinco arios mayor que yo.
         El doctor Hesselius fue para mí un auténtico maestro. Sus conocimientos eran inmensos y encaraba cada caso de manera intuitiva. Era el hombre indicado para inspirar respeto y deleite en un joven apasionado como yo. Mi admiración ha sobrevivido a la prueba del tiempo y superado la separación de la muerte. Estoy seguro de que estaba bien fundada.
         Durante casi veinte años me desempeñé como secretario profesional suyo. Dejó a mi cuidado su inmensa compilación de documentos con el objeto de que los ordenara, los clasificara con ayuda de índices y los encuadernara. Su manera de encarar algunos de esos casos es curiosa. Escribía respondiendo a dos tipos de personalidad. Expone lo que observó y escuchó como podría hacerlo un lego perspicaz y, una vez que en este estilo de narrativa ha enfocado al paciente, bien atravesando la puerta de entrada de su casa a la luz del día, bien a través de los sombríos portales de las cavernas de los muertos, retoma el relato y con las pautas de su arte y, la plena fuerza y originalidad del genio, se consagra a la tarea de analizar, diagnosticar e ilustrar.
         A veces un caso me llama la atención porque corresponde a la especie que puede entretener u horrorizar a un lector profano en virtud de atractivos muy distintos del peculiar interés que ese mismo episodio tendría para un especialista. Con leves modificaciones, principalmente de lenguaje, y por supuesto cambiando los nombres, transcribiré el relato que sigue a continuación. El narrador es el doctor Hesselius. Lo encontré entre las voluminosas anotaciones sobre sus experiencias en el transcurso de un viaje a Inglaterra, hace aproximadamente sesenta y cuatro años.
         Consiste en una serie de cartas a su amigo, el profesor Van Loo, de Leyden. Este profesor no era médico sino químico, y entre las lecturas que frecuentaba se hallaban la historia, la metafísica y la medicina; además, en su juventud había escrito una obra de teatro.
         En consecuencia, este relato, aunque de algún modo menos valioso como testimonio médico, necesariamente está expuesto de una manera más adecuada para atraer la atención de un lego.
         Según se desprende de un memorándum agregado a ellas se diría que esas cartas le fueron devueltas al doctor Hesselius en 1819, año en que murió el profesor. Algunas están escritas en inglés, otras en francés, la mayoría en alemán. Soy un traductor fiel aunque de ningún modo mi estilo es airoso, tengo conciencia de ello; y si bien en ciertos puntos omito algunos pasajes, abrevio otros y disimulo los nombres, no he introducido interpolaciones.
Capítulo I: El doctor Hesselius refiere cómo conoció al reverendo señor Jennings
         El reverendo señor Jennings es alto, delgado, de mediana edad; se viste con ese esmero elegante y anticuado característico de los miembros de la “Alta iglesia”.[1] Por naturaleza es un tanto solemne, aunque de ningún modo rígido. Sus rasgos, si bien no son bellos, están bien formados; la expresión es extremadamente bondadosa y al mismo tiempo tímida.
         Lo conocí un atardecer en la casa de lady Mary Heyduke. La modestia y benevolencia de sus maneras son en extremo atractivas.
         Constituíamos sólo un grupo reducido e intervino con bastante vivacidad en la conversación. Se tiene la impresión de que le agrada mucho más escuchar que contribuir a la charla, pero cuanto dice siempre es apropiado y sensato. Lady Mary le profesa gran afecto; al parecer lo consulta en muchos asuntos y piensa que es la persona más feliz y bienaventurada que existe sobre la tierra. Sabe muy poco acerca de él.
         El reverendo señor Jennings es soltero y, según dicen, posee sesenta mil libras en bonos del gobierno. Se siente muy ansioso de dedicarse a su sagrado ministerio y, sin embargo, aunque en cualquier otro lugar se halla tolerablemente bien, cuando se traslada a su parroquia en el condado de Warwick, para el desempeño de sus santas funciones, muy pronto su salud se quebranta, por añadidura de un modo insólito. Así afirma lady Mary.
         No hay duda de que el señor Jennings se derrumba, por lo común en forma repentina y misteriosa, a veces en el momento mismo de hallarse oficiando en su antigua y bella iglesia de Kenlis. Quizá sea su corazón, quizás el cerebro. Pero ha sucedido tres o cuatro veces, acaso con mayor frecuencia, que después de haber avanzado bastante en el oficio religioso de súbito se interrumpa abruptamente y después de un silencio, al parecer por completo incapaz de proseguir, se suma en una plegaria solitaria y silenciosa, con manos y ojos elevados. Luego, pálido corno la muerte, agitado por vergüenza y horror extraños, se aleja tembloroso y se refugia en la sacristía, dejando a sus feligreses librados a su propia suerte y sin darles explicación alguna. Esto ocurrió cuando su teniente cura estaba ausente. En la actualidad, cada vez que se traslada a Kenlis adopta la precaución de procurarse un clérigo que comparta sus obligaciones y que lo reemplace de inmediato si acaso súbitamente se hallara incapacitado para proseguir.
         Según sostiene lady Mary, cada vez que el señor Jennings se derrumba por completo se marcha presuroso de la parroquia y regresa a Londres; habita en una casa muy estrecha ubicada en una sombría calle en los alrededores de Piccadilly; pero allí siempre se halla perfectamente bien. Al respecto, tengo opinión formada. Por supuesto, hay distintos matices. Ya veremos.
         El señor Jennings es un perfecto caballero. Sin embargo, se advierte algo extraño en él. Es una impresión un tanto ambigua. Contribuye a ella una peculiaridad que, según creo, la gente no recuerda o tal vez no percibe con claridad. Pero yo sí la descubrí, casi de inmediato. El señor Jennings tiene la costumbre de mirar de soslayo la alfombra como si sus ojos siguiesen los movimientos de algo que hubiera allí. Claro está, esto no sucede continuamente., sino sólo en alguna que otra oportunidad, pero con frecuencia suficiente como para conferir a sus maneras, según he dicho, un matiz insólito; por otra parte, en esa mirada que recorre el piso hay algo simultáneamente tímido y ansioso.
         Un médico filósofo —como usted tiene la amabilidad de denominarme— elabora teorías con ayuda de casos que descubre por sí mismo; en consecuencia, dispone de más tiempo para observar y escudriñar con mayor minucia que la que puede permitirse el médico común; por lo tanto, insensiblemente adquiere hábitos de observación que lo acompañan a todas partes y que se ejercitan con suma impertinencia, como diría mucha gente, en cada sujeto que presente la menor posibilidad de ser digno de estudio.
         Había una perspectiva de esa naturaleza en el levemente tímido, bondadoso y reservado caballero a quien conocí en esa agradable reunión vespertina. Por supuesto, observé mucho más de lo que detallo aquí, pero me reservo todo cuanto bordea los tecnicismos para un trabajo de estricta índole científica.
         Debo subrayar que cuando me refiero a la ciencia médica lo hago con un criterio más amplio —tal como confío en que algún día sea comprendida de modo general— del que avalaría su enfoque por lo común materialista. Pienso que el mundo natural íntegro no es más que la expresión definitiva de ese mundo espiritual del cual —y únicamente en él— extrae su vida. Creo que el hombre esencial es un espíritu, que el espíritu es una sustancia organizada, aunque difiere con respecto al mundo material de lo que habitualmente entendemos por materia, así como también difieren la luz v la electricidad. Creo que el cuerpo material es, en el sentido más literal, un ropaje y que, en consecuencia, la muerte no es una interrupción de la existencia del hombre viviente, sino sólo su desprendimiento del cuerpo natural; este proceso comienza en el momento que llamamos muerte y se completa, a lo sumo pocos días después, con la resurrección “en potencia”.
         Quien sopese las conclusiones de estos postulados probablemente advierta su aporte práctico a la ciencia médica. No obstante, de ningún modo éste es el lugar apropiado para exhibir las pruebas y analizar las comprobaciones de este estado de cosas que con excesiva frecuencia no suele reconocerse.
         Siguiendo mi costumbre, me dediqué a observar en forma encubierta al señor Jennings, para lo cual adopté las mayores precauciones —aunque sospecho que él se dio cuenta—, y advertí claramente que, con similar cautela, a su vez me estaba examinando. En determinado momento lady Mary se dirigió a mí, llamándome por el nombre —doctor Hesselius—, y comprobé que el señor Jennings me miró con más atención; luego se quedó pensativo durante unos pocos instantes.
         Después, mientras me hallaba platicando con un caballero en el otro extremo de la habitación, descubrí que el señor Jennings me miraba con mayor fijeza y con un interés que creí entender. Más tarde advertí que buscaba la oportunidad de charlar con lady Mary y, como siempre sucede en estos casos, tuve la absoluta seguridad de que yo constituía el tema de ese reservado interrogatorio y de su correspondiente respuesta.
         Este eclesiástico, de elevada estatura, se aproximó a mí poco después y al cabo de un momento estábamos conversando. Cuando dos personas a quienes les agrada la lectura, conocen libros y lugares y han recorrido el mundo desean dialogar, sería muy extraño que no encontraran temas. No fue un mero accidente lo que lo acercó a mí y lo indujo a entablar conversación conmigo. Sabía alemán y había leído mis Ensayos de medicina metafísica, que sugieren más de lo que en realidad dicen.
         Este cortés personaje, amable, tímido, evidentemente consagrado a la reflexión y a la lectura, se desplazaba y charlaba en compañía de nosotros pero no pertenecía por completo a nuestro grupo. Desde el principio barrunté que llevaba una vida cuyas alternativas y alarmas ocultaba cuidadosamente, manteniendo una impenetrable reserva no sólo ante la sociedad en general, sino también ante sus amigos más apreciados. Y en esa oportunidad estaba considerando cautamente la idea de dar determinado paso que me concernía.
         Capté sus pensamientos sin que se diera cuenta y me cuidé muy bien de decir nada que pudiese revelar a su sensitiva perspicacia mis sospechas sobre su posición o mis conjeturas sobre sus planes con respecto a mí.
         Por un rato conversamos sobre asuntos intrascendentes; por último dijo:
         —Me sentí muy atraído por algunos trabajos suyos, doctor Hesselius, acerca de lo que usted llama “medicina metafísica”; los leí en alemán hace diez o doce años. ¿Han sido traducidos?
         —No, con toda seguridad; en caso contrario me hubiese enterado. Pienso que habrían tenido, que requerir mi autorización.
         —Hace unos pocos meses solicité aquí, en la casa que representa a los editores, que me consiguieran el texto alemán original; me respondieron que está agotado.
         —En efecto, hace varios años que está agotado. Como autor me halaga comprobar que no olvidó mi librito, aunque —agregué riendo— diez o doce años es demasiado tiempo para haberse pasado sin él; supongo que volvió a reflexionar sobre la cuestión o que últimamente sucedió algo que revivió el interés de aquella época.
         Ante estas palabras, acompañadas de una mirada inquisitiva, una súbita turbación se apoderó del señor Jennings; era una confusión similar a la que hace ruborizar a una jovencita y le confiere un aire simplón. Bajó los ojos, cruzó las manos con torpeza y por brevísimo tiempo adquirió un aspecto des-concertado y hasta culpable, podría decirse.
         Lo ayudé a dominar su desasosiego de la mejor manera posible; esto es, fingiendo que no lo había advertido. Como si nada hubiese pasado, observé:
         —Suele ocurrirme con frecuencia que se renueve mi interés por determinado tema; un libro me sugiere otro y a menudo renuevo una alocada cacería al cabo de veinte años. Si todavía desea obtener un ejemplar me será muy grato proporcionárselo, ya que aún conservo dos o tres… Si me permite regalárselo me sentiré muy honrado.
         —¡Cuánta amabilidad de su parte! —exclamó, recuperando por completo la serenidad en un momento—. Casi había perdido las esperanzas; no sé cómo agradecérselo.
         —Por favor, no me lo agradezca. En realidad, el libro vale tan poco que me siento avergonzado de habérselo ofrecido. Si continúa dándome las gracias, lo arrojaré al fuego en un rapto de modestia.
         El señor Jennings se rió. Me preguntó cuál era mi domicilio en Londres y después de conversar un poco más sobre variados asuntos se despidió de mí.
Capítulo II: El médico interroga a lady Mary y ella responde
         —Su párroco me agrada mucho, lady Mary —declaré apenas se hubo marchado mi nuevo conocido—. Ha leído, viajado y meditado y, como también ha sufrido, tiene que ser un compañero perfecto.
         —Sin duda y, mucho más aún, es un hombre realmente bueno —replicó—. Los consejos que me da en todo lo relativo a mis escuelas y a mis modestas actividades en Dawlbridge son valiosísimos. ¡Es tan infatigable, se muestra tan fervoroso en cuanto supone que puede ser útil! ¡Usted no tiene ni idea! ¡Es tan bondadoso y consciente!
         —Resulta muy grato escuchar un informe tan favorable de las virtudes que exhibe en su comunidad. Por mi parte, sólo puedo atestiguar que es un compañero agradable y cortés; además, ampliando cuanto usted acaba de decirme, creo estar en condiciones de añadir dos o tres detalles sobre su personalidad —afirmé.
         —¿En serio?
         —Sí. Para empezar es soltero.
         —En efecto, así es. Continúe.
         —Ha estado escribiendo; quiero decir, estuvoescribiendo. Pero los dos o tres años últimos quizá no ha seguido trabajando. El libro que se hallaba redactando versaba sobre algo un tanto abstracto, acaso teología.
         —Bueno, estaba escribiendo un libro, como usted señala; no estoy muy segura de cuál era el asunto, sólo sé que no se trataba de cuestión alguna que pudiese interesarme; es muy probable que usted tenga razón y sin duda interrumpió su tarea.
         —Y aunque esta noche, aquí, sólo bebió un poco de café, le gusta el té, o por lo menos le gustaba, de manera desmesurada.
         —Sí, eso es absolutamente cierto.
         —Ingería té verde en abundancia, ¿no es así? —inquirí.
         —En verdad, ¡esto sí que es extraño! Hubo una época en la que siempre estábamos a punto de disputar a causa del té verde.
         —Pero en la actualidad lo ha abandonado por completo —declaré.
         —En efecto.
         —Un detalle más. ¿Usted conoció a la madre o al padre del señor Jennings?
         —Sí, a ambos. El padre murió hace sólo diez años; su casa está cerca de Dawlbridge. Los conocíamos muy bien —respondió.
         —Bien; su madre o su padre, me inclinaría a pensar que su padre, vio un fantasma —dije.
         —Por cierto, ¡usted es un mago, doctor Hesselius!
         —Mazo o no, ¿no es ésa la verdad? —repliqué jovialmente.
         —Por supuesto, y fue su padre: era un hombre silencioso y extravagante que solía aburrir a mi padre contándole sus sueños; por último le refino una historia sobre un fantasma que había visto y con el cual habló; era una narración realmente insólita. La recuerdo en forma muy especial porque le tenía mucho miedo a este individuo. El episodio sucedió bastante tiempo antes de que muriera, cuando yo era muy pequeña. ¡Sus maneras eran tan calladas y torpes! Tenía la costumbre de llegarse a casa al anochecer, cuando me hallaba sola en el salón, y a menudo lo imaginaba rodeado de fantasmas.
         Sonreí y asentí con la cabeza.
         —Ahora, después de haber dejado bien afirmada mi condición de mago, considero que debo despedirme —indiqué.
         —Pero, ¿cómo lo descubrió?
         —Con ayuda de los astros, por supuesto, como hacen los gitanos  —respondí, y así, alegremente, nos despedimos.
         A la mañana siguiente le envié al señor Jennings el librito por el cual se había interesado y una esquela; ese atardecer al regresar, ya avanzado el crepúsculo, me enteré de que había ido a mi casa, dejando su tarjeta. Me preguntaba cuándo estaría en mi domicilio y a qué hora sería más probable que me encontrara.
         ¿Quizá se propone exponerme su caso y consultarme “profesionalmente”, corno suele decirse? Espero que así sea. Ya tengo una teoría esbozada al respecto. Se fundamenta en las respuestas que me dio lady Mary antes de despedirnos. Mucho me complacería corroborarlas con lo que él mismo me diga. Pero, ¿qué puedo hacer, ateniéndome a las normas de buena educación, para inducirlo a sincerarse? Nada. Me inclino a pensar que el señor Jennings está planeando una confesión. Por si acaso, mi estimado Van L., de ningún modo dificultaré el contacto del clérigo conmigo; me propongo devolverle la visita mañana. Presentarme en su casa no será más que un acto de cortesía en respuesta a su gentileza. Es posible que sirva para algo. De todos modos, sea mucho, poco o nada, ya se lo comunicaré, mi querido Van L.
Capítulo III: El doctor Hesseliuss descubre algo en ciertos textos latinos
         Pues bien, hice una visita a Blank Street. Al atenderme, el criado me informó que el señor Jennings se hallaba muy ocupado con un caballero, un clérigo de Kenlis, su parroquia rural. Con el propósito de conservar mis prerrogativas y volver a visitarlo, me limité a sugerir que regresaría en otra oportunidad; me disponía a marcharme cuando el criado me pidió disculpas y, observándome con atención un poco mayor de lo que suelen hacer las personas bien educadas de su clase, me preguntó si yo era el doctor Hesselius. Al recibir mi con-testación afirmativa, dijo:
         —En ese caso, señor, quizá me autorice a comunicárselo al señor Jennings, porque tengo la seguridad de que él desea verlo.
         Regresó casi de inmediato, con un mensaje de su amo; me solicitaba que pasara al estudio —era, de hecho., la sala trasera— y me aseguraba que se reuniría conmigo en pocos minutos.
         Se trataba de un verdadero estudio, casi una biblioteca. La habitación era elevada, con dos ventanas altas y angostas y espesos cortinados oscuros. Comprobé que resultaba más amplia de lo que había supuesto. Estaba cubierta con libros por todas partes, desde el piso hasta el techo. La alfombra superior —pues al pisarla advertí que había otras dos o tres debajo—era turca. Mis pasos no produjeron el menor ruido. Los anaqueles que llegaban hasta el cielorraso formaban profundos nichos, enmarcando las ventanas insólitamente estrechas. El efecto que causaba el aposento, aunque en grado sumo cómodo y hasta lujoso, era decididamente lúgubre y, a causa del silencio, casi opresivo. No obstante, acaso yo mismo agregué algo por asociación. Mi mente había vinculado peculiares ideas al señor Jennings. Penetré en ese lugar absolutamente silencioso de una casa absolutamente silenciosa con un singular presentimiento; su oscuridad y el solemne revestimiento de libros, pues con excepción de dos angostos espejos colgados en la pared, los había por todas partes, contribuyó a acentuar esa impresión.
         Mientras esperaba al habitante de esa morada, me entretuve en examinar algunos de los volúmenes que colmaban los anaqueles. Encontré, si bien no estaba ubicada en la estantería sino inmediatamente debajo, en el suelo y con los lomos hacia arriba, una colección completa del original latino deArcana coelestia, de Swedenborg; se trataba de una edición en folio, muy bella, encuadernada con la elegante presentación que tanto caracteriza a la teología; es decir, pergamino, letras doradas, tafilete carmesí. En varios tomos había marcas hechas con trozos de papel; tomé esos volúmenes y los coloqué sobre la mesa, uno detrás de otro; luego abrí los libros en donde indicaban los papeles y leí, en la solemne fraseología latina, una serie de párrafos señalados con una línea trazada en el margen con lápiz. Transcribo unos pocos, traduciéndolos, por supuesto.
         “Cuando se abre la visión interior del hombre, que es la de su espíritu, aparecen las cosas de otra vida que no pueden ser percibidas por la visión corporal…”
         “Mediante la visión interior me ha sido concedido contemplar las cosas que hay en la otra vida con mayor claridad de lo que veo las cosas que existen en el mundo. De estas consideraciones resulta evidente que la visión exterior procede de la visión interior y ésta de una visión más interior, y así sucesivamente…”
         “Con cada hombre existen, por lo menos, dos espíritus malignos…”
         “Los genios perversos también poseen un habla fluida, aunque tosca y discordante. Pero entre ellos los hay que carecen de lenguaje fluido y, en tal caso, la herejía se percibe como algo que se desliza secretamente dentro de la lengua.”
         “Por cierto, los espíritus malignos asociados al hombre proceden de los infiernos, pero cuando están con el hombre no residen en el infierno, sino que son sacados de allí. El sitio en el que moran entonces se halla en el medio, entre el cielo y el infierno, y es llamado el mundo de los espíritus; cuando los espíritus malignos asociados al hombre están en ese mundo no se los somete a ningún tormento infernal sino que están en todos los pensamientos y en todas las aflicciones del hombre y, en consecuencia, en todo lo que él experimenta. Pero, cuando son remitidos a su infierno, reasumen su estado primigenio…”
         “Si los espíritus malinos pudieran percibir que están asociados al hombre y, no obstante, son espíritus independientes de él, y si pudieran introducirse en las cosas del cuerpo humano, intentarían destruirlo apelando a mil recursos, pues odian al hombre con encono mortal…”
         “Enterados en consecuencia de que yo era un hombre en el cuerpo, continuamente trataban de destruirme no sólo corno cuerpo, sino especialmente como alma, porque destruir a cada hombre o espíritu es el mayor placer de todos los que están en el infierno; pero yo he sido protegido constantemente por el Señor. De aquí resulta claro qué peligroso es para el hombre estar en una relación viviente con espíritus, a menos de que esté protegido por la fe…”
         “Nada es ocultado más cuidadosamente al conocimiento de los espíritus asociados que su unión con un hombre, porque si lo supieran le hablarían con el propósito de destruirlo…”
         “El deleite del infierno es hacer mal al hombre y apresurar su ruina eterna.”
         Una extensa nota al pie de página, escrita con un lápiz muy fino y agudo, en la prolija caligrafía del señor Jennings atrajo mi atención. Supuse que era una anotación crítica al texto y leí una o dos palabras, pero me detuve porque se trataba de algo por completo distinto; empezaba así: Deus miseratur me, “Dios tenga piedad de mí”. Al advertir su índole personal, aparté los ojos, cerré el libro y volví a colocar los volúmenes como los había encontrado, con excepción de uno que me interesó ven el cual, como les suele ocurrir a las personas reflexivas y solitarias en sus hábitos, me enfrasqué tanto que me desligué del mundo exterior y ni siquiera tuve en cuenta dónde me hallaba.
         Estaba leyendo algunas páginas que se refieren a “representantes” y “corresponsales”, según el lenguaje técnico de Swedenborg, y llegué a un pasaje en el cual se dice, en resumen, que los espíritus malignos, cuando son vistos por ojos que no pertenecen a sus asociados infernales, se presentan por “correspondencia” en la forma de la bestia (fera) que representa su particular pasión y vida personal, adoptando un aspecto horrendo y atroz. Se trata de un texto muy extenso en el que se detallan algunas de esas formas bestiales.
Capítulo IV: Dos pares de ojos leían el mismo pasaje
         Estaba siguiendo el renglón con el extremo de mi lápiz a medida que leía cuando algo me obligó a levantar la vista.
         Directamente enfrente de mí se hallaba uno de los espejos que he mencionado; allí vi reflejada la elevada silueta de mi amigo, el señor Jennings, inclinada sobre mi hombro leyendo la página en la cual me hallaba tan absorto; exhibía una expresión tan sombría y demencial que me hubiera sido difícil reconocerlo.
         Me di vuelta y me puse de pie. Él también se irguió y, con un esfuerzo, sonrió levemente. Dijo:
         —Acabo de entrar. Lo saludé, pero no conseguí apartarlo del libro; en consecuencia, no pude refrenar mi curiosidad y, con suma impertinencia, me temo, atisbé por encima de su hombro. No es la primera vez que recorre esas páginas. Sin duda, hace mucho tiempo que leyó a Swedenborg, ¿no es verdad?
         —¡Sin duda alguna! Es mucho lo que le debo a Swedenborg. Puede descubrir huellas suyas en mi ensayo sobre “medicina metafísica” que tuvo la amabilidad de recordar.
         Aunque mi amigo adoptó un aire jovial, su rostro se cubrió con un ligero rubor y advertí que íntimamente se hallaba muy perturbado.
         —Apenas si estoy en condiciones de opinar. ¡Es tan poco lo que sé de Swedenborg! Hace sólo quince días que tengo en mi poder esa obra —respondió— y pienso que es bastante verosímil que torne nervioso a un individuo solitario; a decir verdad, me refiero a lo poco que hasta ahora he leído. No quiero sugerir que me haya puesto nervioso —se rió—; le estoy muy agradecido por el envío de su libro. Espero que le haya llegado mi nota.
         Respondí con los conceptos apropiados y rechacé sus expresiones de agradecimiento.
         —Nunca leí una obra que me apasionara tanto como la suya —prosiguió—. De inmediato advertí que en ella hay mucho más de lo que se enuncia en forma explícita. ¿Conoce al doctor Harley? —preguntó de manera un tanto brusca.
         (De paso, el editor de la presente compilación señala que el médico aquí mencionado fue uno de los más eminentes hombres de ciencia que actuaron en Inglaterra.)
         Lo conocía, pues había traído cartas de presentación para él. Durante mi estada en Inglaterra me acogió con suma cortesía y su ayuda fue muy valiosa para mí.
         —Pienso que ese individuo es uno de los mayores estúpidos que conocí en mi vida —añadió el señor Jennings.
         Era la primera vez que lo escuchaba expresarse con tanta dureza con respecto a alguien y ese calificativo aplicado a una personalidad tan sobresaliente me desconcertó bastante.
         —¿De veras? ¿En qué aspecto? —inquirí.
         —En su profesión —fue la réplica.
         Sonreí.
         —Me parece —afirmó— que es medio ciego; quiero decir que la mitad de lo que observa está en la oscuridad y el resto es sobrenaturalmente vívido y brillante; pero lo peor es que, a mi juicio, eso es voluntario. No puedo persuadirlo o, más exactamente, no quiso dejarse persuadir; lo conocí un poco en su condición de médico pero, en ese terreno, no me parece mejor que una mente paralítica, que un intelecto medio sordo. Le voy a contar… le contaré todo, sé que en algún momento lo haré —agregó, un tanto agitado—. Tengo entendido que usted permanecerá en Inglaterra algunos meses más. Si en el curso de su estada me ausentara de la ciudad por un breve lapso, ¿me autorizaría a que lo molestara enviándole una carta?
         —Por supuesto, estaré encantado —le aseguré.
         —Muy amable de su parte; me siento absolutamente insatisfecho con Harley.
         —Tiene cierta inclinación por la escuela materialista —puntualicé.
         —Es un mero materialista —me corrigió—: tales cosas, fastidian a alguien que está mejor enterado. Usted no le cuente a nadie, a ninguno de mis amigos que está al tanto de mi vida, que soy hipocondríaco. Nadie, ni siquiera lady Mary, sabe que fui a ver al doctor Harley o a cualquier otro médico. Le ruego, en consecuencia, que por favor no lo mencione. Si experimento síntomas de un ataque, tenga la bondad de permitirme que le escriba o, si me hallara en la ciudad, autoríceme a mantener una breve conversación con usted.
         Me entregué a toda suerte de conjeturas y comprobé que, inconscientemente, había fijado los ojos en él con gravedad, pues bajó la mirada por un momento; luego dijo:
         —Comprendo; piensa que sería lo mismo explicárselo ahora, o en caso contrario se formará su propia hipótesis; resultaría mejor que prescindiera de ella. Aunque consagrara el resto de su vida a adivinarla, jamás descubriría la solución.
         Sacudió la cabeza sonriendo. En ese crepúsculo invernal súbitamente se formó una nube sombría. Aspiró el aliento a través de los dientes corno hacen las personas que sufren.
         —Por supuesto, lamento que se vea en la necesidad de tener que consultar a cualquiera de nosotros, los médicos, pero llámeme cuándo y cómo le venga bien. No necesito asegurarle que sus confidencias serán sagradas.
         Acto seguido comenzó a platicar sobre asuntos por completo diferentes y en un tono comparativamente animado. Al cabo de poco tiempo, me despedí y me marché.
Capítulo V: El doctor Hesseliuss es llamado a Richmond
         Aunque nos despedimos jovialmente, vi que no se sentía alegre; yo tampoco. Hay ciertas expresiones en ese poderoso órgano del espíritu —el rostro humano— que, si bien las he contemplado a menudo y tengo nervios de médico, me perturban profundamente. No pude olvidar una mirada del señor Jennings. Se adueñó de mi imaginación con tan lúgubre fuerza que modifiqué los planes para esa noche y fui a la ópera, dominado por la sensación de que necesitaba un cambio de ámbito para mis ideas.
         Habían pasado dos o tres días sin noticias suyas, cuando recibí una carta de su puño y letra. Era animosa y plena de esperanzas. Afirmaba que durante un breve lapso se había sentido mucho mejor —casi perfectamente bien—, que se disponía a realizar un pequeño experimento y que se trasladaba para ello a su parroquia por más o menos un mes, con el propósito de verificar si un poco de trabajo acaso no podría favorecer su completa recuperación. La misiva incluía una ferviente expresión piadosa de gratitud por su restablecimiento, pues en ese momento ya casi confiaba en poder llamarlo así.
         Uno o dos días después me encontré con lady Mary, quien reiteró lo que la nota del señor Jennings había anunciado; me dijo, además, que en esos instantes nuestro amigo se hallaba en el condado de Warwick y que había reanudado sus tareas eclesiásticas en Kenlis. Añadió:
         —Empiezo a pensar que está realmente bien y que en verdad nunca tuvo nada, excepto nervios e imaginación; todos somos nerviosos, pero se me ocurre que para combatir esa debilidad no hay nada mejor que un poco de trabajo duro. El señor Jennings ha decidido hacer la prueba. No me sorprendería si no volviera hasta dentro de un año.
         Pese a su confianza, sólo dos días más tarde recibí la siguiente nota del señor Jennings, fechada en su casa, en las cercanías de Piccadilly:
         “Estimado doctor Hesselius: He regresado víctima del desaliento. Si me siento en condiciones de verlo, le escribiré para que tenga la amabilidad de visitarme. En este momento estoy muy deprimido y, de hecho, absolutamente incapaz de referir todo cuanto desearía. Por favor, no diga nada a mis amigos. No me es posible ver a nadie. Pronto, si Dios quiere, tendrá noticias mías. Me propongo hacer un viaje a Shropshire, donde viven algunos parientes míos. ¡Dios lo bendiga! Ojalá, a mi regreso, podamos encontrarnos en circunstancias más felices que éstas en las que escribo ahora.”
         Más o menos una semana después visité a lady Mary. Según afirmó, era la última persona que quedaba en la ciudad; estaba a punto de marcharse a Brighton porque la temporada londinense había terminado. Me dijo que había tenido noticias de Martha, una sobrina del señor Jennings que vivía en Shropshire. De esa carta no se deducía nada, salvo que su tío estaba deprimido y nervioso. En estas palabras que la gente saludable utiliza con tanta ligereza, ¡qué mundo de sufrimientos se oculta a veces!
         Transcurrieron casi cinco semanas sin otras novedades acerca del señor Jennings. Al término de ese período recibí una carta suya. Escribía:
         “Estuve en el campo y cambié de aire., cambié de paisaje, cambié de rostros, cambié en todo y de todo, pero no me cambié a mí mismo. He decidido, en la medida en que la más irresoluta criatura del mundo puede hacerlo, exponerle mi caso íntegro. Si sus compromisos se lo permiten, por favor venga a verme hoy, mañana o pasado, pero le suplico que sea lo más pronto posible. No sabe hasta qué punto necesito ayuda. Tengo una casa muy tranquila en Richmond, en donde resido en la actualidad. Acaso pueda venir a comer, a almorzar o inclusive a tomar el té. No tendrá ninguna dificultad para ubicarme. El criado mío que permanece en Blank Street y que le entrega esta nota tendrá un carruaje ante su puerta a la hora que a usted le resulte cómodo, y a mí siempre se me puede encontrar. Quizás usted opine que no debo estar solo. Lo he intentado todo. Venga a comprobarlo.”
         Llamé al criado y decidí ir esa misma tarde. Así lo hice.
         El señor Jennings hubiese estado mejor en una casa de pensión o en un hotel, pensé mientras atravesaba una corta hilera doble de sombríos olmos. La senda así trazada desembocaba en una muy anticuada casa de ladrillo, oscurecida por el follaje de esos árboles que la sobrepasaban y casi la circundaban. Se trataba de una elección absurda pues no era posible imaginar nada más triste y silencioso. Por lo que me enteré, la casa pertenecía al señor Jennings. Éste había pasado uno o dos días en Londres; sin embargo, por algún motivo se le hizo insoportable la permanencia y resolvió trasladarse allí. Tal vez, como era suya y estaba equipada, el hecho de instalarse en esa vivienda lo libraba de meditar decisiones y escoger alternativas, con la consiguiente demora que ello hubiese entrañado.
         El sol ya se había puesto y la rojiza luz reflejada por el cielo del oeste iluminaba el paisaje con el peculiar efecto que nos es tan familiar. El vestíbulo de la casa tenía un aspecto muy tétrico; al entrar en el salón trasero, cuyas ventanas daban al poniente, volví a sumergirme en el mismo resplandor crepuscular.
         Me senté, contemplando el paisaje densamente arbolado que se coloreaba con la grandiosa y melancólica luminosidad, cada vez más apagada. Los rincones del aposento estaban oscuros; todo se tornaba opaco y la tristeza se adueñaba insensiblemente de mi ánimo, ya proclive a lo siniestro. Me hallaba solo esperando la llegada de mi amigo, que muy pronto se produjo. La puerta que comunicaba con la habitación delantera se abrió; la elevada silueta del señor Jennings, débilmente percibida en la rojiza penumbra, ingresó con pasos silenciosos y furtivos.
         Nos estrechamos las manos; acercó una silla a la ventana, donde aún había luz suficiente como para que ambos pudiéramos vernos la cara; se sentó junto a mí, colocó la mano sobre mi brazo, y empezó su narración casi sin preliminares de ninguna especie.
Capítulo VI: Cómo el señor Jennings encontró a su compañero
         El débil resplandor del poniente y los magníficos y solitarios bosques de Richmond se desplegaban ante nosotros. Detrás y en torno, la habitación se iba oscureciendo; sobre el tenso rostro del paciente —pues el aspecto de su semblante, aunque aún afable y dulce, había cambiado— se reflejaba ese sombrío y extraño fulgor que parece descender y que origina, allí donde se posa, luces súbitas aunque débiles, las cuales se pierden casi sin gradaciones en la oscuridad. El silencio era absoluto; del exterior no llegaba ni el distante sonido de una rueda, ni un ladrido, ni un silbido; adentro reinaba la opresiva quietud que caracteriza la casa de un soltero enfermo.
         Conjeturaba con exactitud la naturaleza, aunque ni siquiera en forma vaga los pormenores, de lo que estaba a punto de revelarme ese tenso rostro sufriente tan insólitamente iluminado por la luz rojiza, que se recortaba sobre un fondo oscuro como un retrato de Schalken [2].
         —Esto empezó —dijo— el 15 de octubre, hace tres años, once semanas y dos días; llevo la cuenta exacta porque cada día es un tormento. Si en cualquier punto de mi relato queda una laguna, adviértamelo.
         “Hace unos cuatro años di comienzo a una obra que me había costado muchas cavilaciones y múltiples lecturas. El tema era la metafísica religiosa de los antiguos”
         —Comprendo —señalé—; se refiere a la verdadera religión del paganismo instruido y reflexivo, por completo distinta de los cultos simbólicos. Un asunto amplio y muy interesante.
         —Sí, pero pernicioso para la mente; quiero decir, para la mente cristiana. El paganismo íntegro constituye una unidad esencial. Con afinidad maligna, su religión lleva implícito su arte, y ambos, religión y arte, sus costumbres. El tema ejerce una degradante fascinación y la Némesis es inevitable. ¡Dios me perdone!
         “Escribía mucho, hasta altas horas de la noche. Siempre estaba pensando en el asunto, que me acompañaba dondequiera que fuese. Se había adueñado de mí por completo. Usted debe recordar que todas las ideas principales vinculadas al problema corresponden, en mayor o menor grado, al ámbito de lo bello; el tema, en sí mismo, es deliciosamente atractivo y en aquel entonces yo estaba libre de preocupaciones.”
         Exhaló un profundo suspiro.
         —Creo que quienes se dedican a escribir en serio trabajan apoyados en algo —tal como explica un amigo mío—, té, café o tabaco. En esta ocupación, supongo, hay un desgaste material que debe compensarse hora a hora; en caso contrario nos abstraeríamos demasiado y el espíritu se apartaría del cuerpo, por así decir, a menos que con ayuda de sensaciones reales le recordemos con frecuencia el vínculo existente. Sea como fuere, sentí el desgaste y lo compensé. El té fue mi compañero; al principio, el té negro común hecho de la manera habitual, no demasiado cargado; lo ingería en grandes cantidades y, poco a poco, fui aumentando su concentración. Nunca me provocó ningún síntoma molesto. Empecé a tomar un poco de té verde. Comprobé que el efecto era mucho más agradable; aclaraba e intensificaba el vigor del pensamiento, de modo que llegué a usarlo a menudo, si bien no más cargado que si lo hiciera por mero placer. Escribía mucho en esta casa —era tan tranquila—, en esta misma habitación. Solía trabajar hasta muy tarde y pronto adquirí el hábito de tomar té, el té verde, cada vez en mayor cantidad a medida que adelantaba mi tarea. Tenía sobre mi mesa una teterita, colgada encima de una lámpara; me hacía té dos o tres veces entre las once de la noche y las dos o tres de la mañana, hora en que me iba a la cama. Acostumbraba ir a Londres todos los días. No era un monje y, aunque pasaba una o dos horas en una biblioteca buscando fuentes y datos sobre mi terna, no me hallaba en un estado de ánimo morboso, por lo que puedo juzgar. Me reunía con mis amigos con tanta asiduidad como de costumbre y disfrutaba de su compañía; en términos generales, opino que con anterioridad mi existencia jamás había sido tan placentera.
         ”Conocí a una persona que poseía algunos curiosos libros antiguos; se trataba de ediciones alemanas en latín medieval y me sentí muy feliz cuando me permitió consultarlos. Los libros de este amable individuo se hallaban en la City [3], en uno de sus sectores apartados. Me demoré allí más de lo que había planeado; salí y, al no ver en las proximidades ningún coche de alquiler, me sentí tentado a tomar un ómnibus que solía pasar frente a esta casa. Estaba más oscuro que ahora cuando el vehículo llegó frente a un edificio viejo, que acaso usted haya visto, con cuatro álamos a cada lado de la puerta. Allí descendió el último pasajero y quedé solo. Seguimos avanzando a bastante velocidad. Estaba anocheciendo. Me recliné en mi asiento junto a la puerta y me entregué a placenteras divagaciones.
         ”El interior del ómnibus se hallaba casi oscuro. Había observado en el rincón opuesto a mí, del otro lado y en el extremo próximo a los caballos, dos pequeños reflejos circulares producidos, según creí, por una luz roja. Los separaba una distancia de unas dos pulgadas y su tamaño era similar al de esos pequeños botones de bronce que los marinos tenían por costumbre usar en sus uniformes. Comencé a especular —como lo hace la gente que está distraída— en esa trivialidad, pues así me pareció en aquel momento. ¿De dónde procedía esa luz roja, débil pero profunda? ¿En dónde se reflejaba? ¿Acaso en cuentas de vidrio, en botones o en algún inútil adorno? Seguirnos avanzando apaciblemente; nos faltaba recorrer casi una milla. No había resuelto el enigma y en un minuto se tornó más extraño aún porque con brusco desplazamiento los dos puntos luminosos descendieron casi hasta el suelo; se mantenía la distancia que los separaba y la posición horizontal; luego, en forma tan súbita como antes, se elevaron basta el nivel del asiento mío y no volví a verlos.
         ”Mi curiosidad estaba realmente excitada y antes de tener tiempo de reflexionar volví a ver esas lámparas opacas, juntas y cerca del piso. Una vez más desaparecieron y nuevamente las distinguí en su anterior rincón.
         ”Por lo tanto, manteniendo los ojos fijos en ellos me deslicé sigilosamente en mi asiento hacia el extremo en el que aún veía esos dos pequeños discos rojos.
         ”Había muy poca luz en el ómnibus. Estaba casi oscuro. Me incliné hacia adelante para facilitar mi empeño en descubrir qué eran en concreto esos pequeños círculos. En ese instante su ubicación varió un tanto. Entonces empecé a distinguir el contorno de algo prieto y pronto advertí, con tolerable claridad, la figura de un pequeño mono negro; haciendo muecas adelantaba la cara al encuentro de la mía; los círculos eran sus ojos y vi confusamente que me enseñaba los dientes.
         ”Retrocedí pues ignoraba si se proponía dar un salto. Se me ocurrió que algún pasajero se había olvidado ese desagradable animalito. Me propuse averiguar cuál era su estado de ánimo; no me atreví a tocarlo con los dedos y lo empujé suavemente con el paraguas. Permaneció inmóvil, sin perturbarse, pese al paraguas. El instrumento que usé pasó, sin que se le ofreciera la menor resistencia, a través de la bestezuela, hacia atrás y hacia adelante.
         ”No me es posible, en lo más mínimo, transmitir a usted el horror que experimenté al comprobar que eso era una ilusión, como supuse entonces; me sentí desconcertado con respecto a mi mismo; a la vez, me fascinaba un terror que me tornaba impotente para apartar ni por un momento la mirada de los ojos del animal. Mientras lo observaba, dio un pequeño salto atrás, retrocediendo hacia el rincón; por mi parte, lleno de espanto, de pronto descubrí que estaba en la portezuela; saqué la cabeza, inhalé profundas bocanadas del aire exterior y miré las luces y los árboles que estábamos pasando, muy satisfecho de recuperar el contacto con la realidad.
         ”Detuve el ómnibus y bajé. Cuando le pagué, me di cuenta de que el conductor me observaba con extrañeza. Me atrevo a decir que había algo desconcertante en mi aspecto y en mi comportamiento porque antes nunca había vivido impresiones tan insólitas.”
Capítulo VII: El viaje. La primera etapa
         “Cuando el ómnibus reanudó la marcha y me hallé solo en el camino, miré cuidadosamente a mi alrededor para verificar si el mono me había seguido. Con indescriptible alivio no lo vi por ningún lado. No me es fácil evocar el impacto que había sufrido y mi sensación de auténtica gratitud al comprobar que me encontraba libre por completo, según supuse, de eso.
         ”Me había bajado del ómnibus un poco antes de llegar a esta casa, a unos doscientos o trescientos pasos. Una pared de ladrillo corre a lo largo del sendero; detrás del muro hay un seto de tejos o cualquier otro árbol oscuro de hojas perennes, de la misma especie; más atrás se halla la hilera de hermosos árboles que acaso usted observó al llegar aquí.
         ”La tapia de ladrillo se eleva casi hasta la altura de mis hombros. Por azar levanté la vista y comprobé que el mono se hallaba junto a mí, en lo alto del muro; avanzaba con andar desgarbado, sobre las cuatro patas, caminando o deslizándose. Me detuve y lo observé, sobrecogido de repugnancia y horror. Él también interrumpió su marcha. Se sentó en la pared, apoyó las largas manos en las rodillas y me miró. No había luz suficiente como para distinguir mucho más que su contorno y tampoco la oscuridad bastaba para que resaltara con nitidez la peculiar luz de sus ojos. Sin embargo, aún percibía con cierta claridad ese impreciso resplandor rojizo. No mostraba los dientes, ni exhibía ninguna señal de irritación; tenía un aire cansado y malhumorado y me contemplaba con fijeza.
         ”Me replegué hacia el centro del camino, en un movimiento inconsciente. Allí me quedé, mientras seguía observándolo. No me moví.
         ”Con la instintiva decisión de hacer algo, sea lo que fuere, di vuelta y caminé rápidamente en dirección a Londres; todo el tiempo miraba de soslayo vigilando los movimientos de la bestia. Se deslizó con agilidad sobre el muro, exactamente al mismo ritmo que yo.
         ”La pared termina cerca de la curva del camino; allí se bajó y con uno o dos brincos bruscos se colocó junto a mis pies; aceleré el paso y se mantuvo a mi misma velocidad. Estaba a mi izquierda y tan próximo a mi pierna que tenía la impresión de que en cualquier momento podría pisarlo.
         ”El camino se hallaba absolutamente desierto y silencioso; poco a poco se iban espesando las sombras. Me detuve embargado por el desaliento y la perplejidad; giré sobre mí mismo hacia el lado opuesto, es decir, en dirección de esta casa, de la que antes me había estado alejando. Cuando me quedaba inmóvil, el mono se retiraba a una distancia, supongo, de unas cinco o seis yardas y permanecía quieto, vigilándome.
         ”Me sentía más perturbado de lo que he dicho. Por supuesto, había leído algo —al igual que todo el mundo— sobre ilusiones sensoriales, tal como ustedes, los médicos, denominan los fenómenos de esta especie. Consideré mi situación y enfrenté mi infortunio cara a cara.
         ”Según deduje de mis lecturas, esas afecciones unas veces son transitorias; otras, pertinaces. Estaba enterado de casos en los cuales la aparición, al principio inofensiva, en forma gradual había degenerado en una experiencia atroz e insoportable, terminando por aniquilar completamente a su víctima. Seguí allí silencioso, en absoluta soledad con excepción de mi monstruoso compañero. Intenté darme ánimo repitiendo una y otra vez que eso no era más que una enfermedad, una afección física bien conocida, tan claramente identificada como la viruela o la neuralgia. Todos los médicos coinciden en este punto; el pensamiento filosófico parece contribuir a demostrarlo. Me dije que no tenía que actuar como un tonto, que había estado trabajando hasta muy tarde y era razonable suponer que sufría perturbaciones digestivas. Traté de persuadirme de que, con la ayuda de Dios, volvería a mejorar plenamente. Me propuse convencerme de que lo sucedido sólo era el síntoma de una dispepsia nerviosa. Pero, ¿creía yo en todos estos argumentos? No, ni en una sola palabra, así como tampoco creyó ningún desdichado que alguna vez se vio perseguido y atrapado por amenaza tan infernal. En contra de mis convicciones y, podría decir, pese a mis conocimientos, simplemente estaba tratando de escudarme en un falso coraje.
         ”Empecé a caminar hacia mi casa. Me faltaba apenas un centenar de yardas. Me había impuesto una suerte de resignación, pero aún no había superado el morboso impacto y la conmoción producida por la certeza inicial de mi infortunio.
         ”Resolví pasar la noche aquí. La bestia se desplazaba muy cerca de mí y me pareció que exhibía la misma premura por dirigirse a la casa que caracteriza a los caballos o perros fatigados, en su camino de regreso al lugar que habitan.
         ”Temía retornar a Londres; temía que alguien me viera y me reconociese. Había adquirido plena conciencia de que padecía una alteración irreprimible. Asimismo, no me atreví a introducir ningún cambio abrupto en mis hábitos, como hubiese sido acudir a un local de esparcimiento o fatigarme en caminatas que me alejaran de mi domicilio. En la entrada principal la bestia esperó hasta que ascendí los escalones y, cuando se abrió la puerta, entró en mi compañía.
         ”Esa noche no ingerí té. Me procuré cigarros, un poco de aguardiente y agua. Se me ocurrió que debía operar sobre mi sistema físico y vivir por algún tiempo en un mundo de sensaciones apartado del pensamiento, lo cual forzosamente me trasladaría, por así decirlo, a una nueva rutina. Vine a este salón. Me senté exactamente aquí. El mono se trepó a una mesita que por aquel entonces estaba allí. Su aspecto era lánguido y somnoliento. Un irreprimible desasosiego con respecto a sus movimientos me impedía apartar la mirada de él. Tenía los ojos entrecerrados, pero pude advertir que resplandecían. Me observaba con fijeza. En todas las situaciones y a cualquier hora está despierto y me mira. Eso nunca cambia.
         ”No me extenderé en los pormenores de esa noche en particular. Más bien, le detallaré los fenómenos del primer año que, en esencia, nunca variaron. Le describiré el mono tal como se presenta a la luz del día. En la oscuridad, como ya se enterará, se observan ciertas peculiaridades. Es un animal pequeño, absolutamente negro. Posee un solo rasgo distintivo: la malignidad, una inagotable malignidad. Durante el primer año parecía abatido y enfermo. Pero su malicia y vigilancia singularmente intensas asomaban por debajo de esa despectiva languidez. Todo ese tiempo el animalito actuó como si sólo se propusiera suscitar en mí los leves trastornos originados en el hecho de observarme. En ninguna ocasión apartaba los ojos de mí. Salvo mientras me hallo entregado al reposo, jamás lo perdí de vista desde que llegó aquí, en la luz o en la sombra, de día o de noche; la única excepción consiste en aquellos períodos en que, de manera inexplicable, se aleja por algunas semanas.
         ”En la oscuridad total es tan visible como en pleno día. No me refiero solamente a sus ojos. Todo él es perceptible con nitidez, rodeado por un halo similar al fulgor de rojos tizones que lo acompaña en cada uno de sus movimientos.
         ”Cuando me deja por un tiempo, siempre sucede por la noche, en la oscuridad y de la misma manera. Primero se muestra inquieto, luego furioso: después avanza hacia mí, mostrando los dientes, tembloroso y con las garras crispadas; simultáneamente, parece como si en la rejilla del hogar se hubiese encendido fuego. Nunca hay fuego allí, pues si está prendido no puedo dormir en la habitación. El mono se aproxima más y más a la chimenea, al parecer estremecido de rabia y, cuando su furia llega al punto máximo, salta al hogar, sube por la chimenea y desaparece.
         ”En la primera ocasión en que esto sucedió, supuse que me había liberado. Era un hombre nuevo. Pasó un día y una noche sin que regresara; transcurrió una bendita semana y otra más. Siempre me hallaba de rodillas, doctor Hesselius, siempre estaba dando gracias a Dios y rezando. Tuve un mes íntegro de libertad; pero de súbito, volvió a estar conmigo.”
Capítulo VIII: La segunda etapa
         “Estaba, conmigo y la torpe malicia, oculta antes bajo un taciturno exterior, se había tornado activa. En lo demás no hubo cambios de ninguna especie. Esa nueva energía se puso de manifiesto en su vivacidad y en sus miradas; pronto ello se comunicó también a otros aspectos.
         ”Durante un tiempo, compréndalo, la diferencia sólo se manifestó en una creciente actividad y en un aire amenazador, como si siempre estuviera maquinando planes atroces. Sus ojos, como antes, jamás se apartaban de mí.”
         —¿Está aquí ahora? —pregunté.
         —No —replicó—; ha estado ausente exactamente dos semanas y un día, es decir, una quincena. A veces se ha alejado por casi dos meses; y en una oportunidad, tres meses. Sus ausencias siempre exceden los quince días, aunque en ciertas ocasiones pueden durar una sola jornada. Como va ha transcurrido medio mes desde la última vez que lo vi, es posible que regrese en cualquier momento.
         —Su retorno —inquirí—, ¿está acompañado por alguna manifestación peculiar?
         —Ninguna —dijo—. Simplemente vuelve a estar conmigo. Al levantar la mirada de un libro o al girar la cabeza lo veo, como siempre, mirándome; entonces se queda, como antes, durante el tiempo que le ha sido asignado. Nunca he hablado tanto ni tan detalladamente con nadie.
         Advertí que estaba perturbado; su palidez era mortal y reiteradamente se enjugaba la frente con el pañuelo. Le sugerí que quizás estuviese fatigado y le anuncié que, con sumo placer, volvería a visitarlo a la mañana siguiente. Me respondió:
         —No, si no tiene inconveniente en escuchar todo ahora. He ido tan lejos que prefiero hacer un esfuerzo más. Cuando hablaba con el doctor Harley nunca tuve tanto para decir. Usted es un médico filósofo; le otorga al espíritu la jerarquía que le corresponde. Si esta cosa es real…
         Hizo una pausa y me miró de manera ansiosamente inquisitiva.
         —Podemos hablar del asunto en el acto y en profundidad. Le expondré lo que pienso —declaré, después de un intervalo.
         —Muy bien. Si esto es algo real, repito, me está dominando poco a poco y me arrastra más íntimamente hacia el infierno. Son los nervios ópticos, sostuvo el doctor Harley. ¡Bien!, hay otros nervios sensoriales. ¡Quiera el Dios Todopoderoso auxiliarme! Prosigo.
         “Su capacidad de acción, como le decía, había aumentado. En cierto sentido su malicia se hizo agresiva. Hace unos dos años se resolvieron algunos problemas que había pendientes entre el obispo y yo; me trasladé a mi parroquia en el condado de Warwick, ansioso de ocuparme de los deberes propios del ministerio. No estaba preparado para lo que sucedió, aunque desde aquel entonces pienso que tendría que haberlo previsto. Se lo digo porque…”
         Empezaba a expresarse con mayor esfuerzo y disgusto; suspiraba con frecuencia y a veces parecía casi aniquilado. Pero en ese momento en su comportamiento no se advertían signos de agitación. Actuaba más bien como un paciente que está declinando y que ha abandonado la lucha.
         —Bien, pero primero le hablaré de Kenlis, mi parroquia.
         “Estaba conmigo cuando salí de aquí para dirigirme a Dawlbridge. Fue mi silencioso compañero de viaje y se instaló en la parroquia. Cuando me dediqué al cumplimiento de mis deberes, se produjo otra transformación. La bestia exhibía una espantosa voluntad de atormentarme. Estaba conmigo en la iglesia, en el facistol, en el púlpito, en la mesa de comunión. Por último llegó al extremo de que, cuando yo leía ante la congregación, solía brincar sobre el libro abierto y acomodarse allí, de modo que me era imposible ver el texto. Esto sucedió en varias ocasiones.
         ”Abandoné Dawlbridge por un tiempo. Me puse en manos del doctor Harley. Hice cuanto me ordenó. Se ocupó mucho de mi caso. Creo que le interesaba. Aparentemente tuvo éxito. Casi tres meses estuve liberado por completo de una recaída. Empecé a pensar que me hallaba a salvo. Contando con la plena autorización del doctor Harlev regresé a Dawlbridge.
         ”Hice el trayecto en un coche de alquiler. Me sentía muy animado. Aun más, estaba jubiloso y agradecido. Retornaba, según creí, libre de una horrible alucinación y me encaminaba al sitio en que ansiaba cumplir mis obligaciones. Era una hermosa mañana soleada; todo parecía sereno y alegre; me embargaba el deleite. Recuerdo que en el lugar donde se divisa por primera vez mi iglesia de Kenlis me asomé por la ventanilla para contemplar el campanario, rodeado de árboles. Exactamente allí la pequeña corriente de agua que bordea la parroquia pasa por debajo de la ruta a través de una alcantarilla; en el punto donde emerge el costado del camino hay una piedra con una antigua inscripción. Al transponer ese tramo, volví a meter la cabeza y me senté. En el rincón junto a mí estaba el mono.
         ”Por un momento me sentí desfallecer y luego tuve la impresión de estar absolutamente enloquecido de desesperación y horror. Llamé al conductor y descendí. Me senté a la vera del camino y en silencio rogué al Señor que tuviese misericordia de mí. Sobrevino una desalentada resignación. Cuando entré en la parroquia mi compañero penetró conmigo. Se reanudó la persecución de siempre. Luego de una breve lucha me sometí y pronto abandoné mis tareas religiosas.”
         A continuación prosiguió:
         —Le dije que anteriormente, en ciertos aspectos, la bestia se había vuelto agresiva. Se lo explicaré. Se diría que actuaba incitada por una furia intensa y creciente toda vez que me veía rezar las plegarias o inclusive cuando me disponía a orar. Por último se produjeron espantosas interrupciones. Usted preguntará cómo es posible que un fantasma silencioso e inmaterial pueda causar ese efecto. Así sucedía en cualquier momento en que intentaba rezar; indefectiblemente estaba frente a mí, más y más cerca.
         “Solía saltar sobre una mesa, sobre el respaldo de una silla o sobre el manto de la chimenea; allí se balanceaba lentamente de un lado al otro, sin quitarme los ojos de encima. En su movimiento existe una fuerza indefinible capaz de disipar el pensamiento y de obligarme a concentrar la atención en la oscilación monótona, hasta que las ideas se reducen, en la práctica, a un punto y finalmente a nada. De no haber recuperado el dominio de mí mismo, venciendo esa fascinación, me hubiera entregado a la sensación de que mi mente estaba a punto de extraviarse.”
         Exhaló un profundo suspiro y continuó:
         —Con en el mismo objeto, también utiliza otros medios. Por ejemplo, cuando rezo con los ojos cerrados, la bestia se acerca más y más, y la veo. Ya sé que esto no tiene explicación desde el punto de vista físico, pero realmente la veo aunque mis párpados estén cerrados. De esa manera prolonga el encantamiento de mis facultades y me resulta imposible permanecer arrodillado. Quien una sola vez haya experimentado esto sabe para siempre qué es la desesperación.
Capítulo IX: La tercera etapa
         —Compruebo, doctor Hesselius, que no pierde ni una palabra de lo que digo. No necesito pedirle que escuche con especial atención lo que voy a narrarle ahora. Se habla de nervios ópticos y de ilusiones sensoriales, como si el órgano de la vista fuera el único punto que puede ser atacado por las influencias que me avasallan; por mi parte, estoy mejor enterado. En mi espantoso caso, durante dos años la acción permaneció circunscripta. Pero, así romo el alimento se lleva suavemente a los labios y luego pasa a los dientes, así como el meñique cogido en el engranaje de una máquina arrastra consigo la mano, el brazo y el cuerpo íntegro, de la misma manera el mísero mortal que en una oportunidad queda atrapado firmemente por el extremo de la más pequeña fibra de sus nervios es arrastrado más y más por el inmenso molino del infierno hasta que se encuentra en el mismo estado en que yo me encuentro al presente. Sí, doctor, tal como yo me encuentro, porque mientras hablo con usted e imploro alivio siento que estoy rezando por algo imposible y que acudo en busca de auxilio para lo que ya es inexorable.”
         Traté de calmar su agitación, que se iba acrecentando perceptiblemente. Le dije que no debía entregarse a la desesperación.
         Mientras conversábamos, la noche había caído sobre nosotros. El velado claro de luna se difundía por el paisaje que contemplábamos desde la ventana. Observé:
         —Acaso prefiera que se enciendan las velas. Este resplandor lunar es extraño. Desearía que, en la medida de lo posible, mientras yo preparo el diagnóstico, llamémoslo así, usted siga viviendo de acuerdo con sus costumbres habituales; lo demás, por otra parte, no me preocupa.
         —A mí me da lo mismo cualquier luz —respondió—. Excepto cuando leo o escribo, no me preocuparía si la noche fuese perpetua. Voy a narrarle lo que sucedió hace alrededor de un año. El mono empezó a hablarme.
         —¡A hablarle! ¿Qué me quiere decir? ¿Qué habla como un hombre?
         —En efecto, utiliza palabras y frases que poseen ilación y que se hallan articuladas con perfecta coherencia. Pero existe una peculiaridad. No se parece al tono de una voz humana. No recibo los mensajes por intermedio del oído; me llegan a través del cerebro y me dejan la impresión de una especie de canto.
         “Esta aptitud, el poder de dirigirme la palabra, terminará aniquilándome. No me permite rezar, me interrumpe con horrendas blasfemias. No me atrevo a proseguir, no puedo. ¡Por favor, doctor Hesselius!, ¿es posible que la habilidad, el conocimiento y los ruegos humanos no sirvan para nada?”
         —Mi estimado amigo, debe prometerme que no se dejará dominar por pensamientos innecesariamente perturbadores; limítese, en forma estricta, a la narración de los hechos; por sobre todo, tenga presente que inclusive si la bestia que lo acosa es, tal como usted parece suponer, algo real, un ser dotado de vida y voluntad independientes, aun así no hay razón para imaginar que tenga capacidad de dañarlo, a menos que ese poder le sea conferido desde lo alto; el acceso a sus sentidos depende, principalmente, de su condición física; en pocas palabras, su tranquilidad y su confianza se hallan en manos de Dios; todos estamos cercados del mismo modo. En su caso, cuanto sucede es que el paries [4], el velo de la carne, la pantalla, se encuentra un tanto deteriorado y permite el paso de sonidos y visiones. Tenernos que cambiar de actitud, señor; no se desaliente. Esta noche me dedicaré a examinar minuciosamente su situación en todos los aspectos.
         —Usted es muy bondadoso, doctor; cree que vale la pena intentarlo y no me deja abandonado al azar. Pero usted no sabe… ¡ese demonio está adquiriendo tanto influjo sobre mí! Me da órdenes; es un perfecto tirano. ¡Me siento tan desamparado! ¡Quiera Dios liberarme!
         —¿Le da órdenes? ¿Se refiere, por supuesto, a que se las da oralmente?
         —Si, en efecto; sin cesar me está incitando a cometer infracciones, a dañar a otros o a mí mismo. Comprenda, doctor, el problema es urgente; lo es sin lugar a dudas…
         El señor Jennings, en ese momento, hablaba con rapidez y temblaba. Estaba aferrado a mi brazo con una mano y me miraba a la cara. Sin interrumpirse, prosiguió:
         —Hace unas semanas, cuando estuve en Shropshire, salí a dar un paseo con un grupo de amigos; en aquel entonces mi perseguidor se hallaba conmigo. Me retrasé un poco. En los alrededores del río Dee la campiña, como usted sabe, es muy hermosa. El sendero que recorríamos pasa junto a una mina de carbón; en el límite del bosque hay un pozo que, según dicen, tiene ciento cincuenta pies de profundidad. Mi sobrina se había quedado rezagada para no dejarme solo; por supuesto, nada sabe sobre la naturaleza de mis padecimientos. Sin embargo, no ignoraba que había estado enfermo y que me sentía deprimido; en consecuencia, permaneció a mi lado para evitar que me quedara sin compañía. Mientras avanzábamos juntos despaciosamente, el monstruo que me seguía me incitó a arrojarme por el hueco de la mina. Puedo decirle ahora —¡y por favor, téngalo en cuenta! —que lo único que me salvó de tan horrible muerte fue el temor de que el impacto de presenciar semejante suceso fuera excesivo para mi pobre sobrina. Le pedí que siguiera caminando y se reuniera con sus amigos, explicándole que me resultaba imposible continuar adelante. Me respondió con excusas, y mientras más la urgía a proseguir su camino, más firme se mostraba en su empeño de permanecer conmigo. Su aspecto era dubitativo y atemorizado. Supongo que en mi semblante y en mi comportamiento había algo que la alarmaba; sea como fuere, no quiso separarse de mí y ello fue, literalmente, la causa de mi salvación. Usted acaso ni se imagina que un ser viviente pueda convertirse en un esclavo tan abyecto de Satanás.
         Cuando dijo esto se estaba estremeciendo y profirió un lúgubre gemido. Hubo una pausa. Luego procedí a responderle:
         —Sin embargo, usted fue preservado. Esa fue la voluntad de Dios. Usted está en Sus manos y no en poder de ningún otro ser; por lo tanto, tenga confianza en el futuro.
Capítulo X: El fin del viaje
         Solicité al señor Jennings que hiciera encender las velas y antes de marcharme comprobé que el aposento exhibía un aspecto alegre y acogedor. Advertí al paciente que debía encarar su enfermedad como un mal que dependía estrictamente de causas físicas, sutiles pero físicas. Le recordé que, según se desprendía de la relación que me acababa de hacer, contaba con pruebas de la benevolencia y protección divinas, que lo habían puesto a salvo. Agregué que había observado con pesar que, al parecer, él juzgaba las peculiares características del episodio como un indicio de que se lo había dejado librado a la punición espiritual. Insistí en que nada podía justificarse menos que esa interpretación; y no sólo eso, sino que inclusive nada era más contrario a los hechos, según lo demostraba la misteriosa influencia que lo había puesto a cubierto de la fascinación letal que operó sobre su ánimo, durante el paseo en Shropshire. En primer lugar, su sobrina había sido retenida a su lado, pese a que él no quería que permaneciese allí; en segunda instancia, se había inculcado en su mente una irresistible repugnancia a poner en práctica ese acto espantoso en presencia de la muchacha.
         Mientras le iba exponiendo estos razonamientos, el señor Jennings lloró. Se diría que se mostró reanimado. Le extraje la promesa de que, si en cualquier momento reaparecía el mono, me enviaría a buscar de inmediato. Después me despedí, reiterándole que no iba a ocupar ni mi tiempo ni mi pensamiento en ningún otro asunto basta tanto hubiese finalizado de analizar a fondo su dolencia. Añadí que al día siguiente le comunicaría el resultado de mis indagaciones.
         Antes de subir al coche le informé al criado que su amo no se hallaba nada bien y le recomendé que se llegara con frecuencia a su habitación para comprobar cómo estaba.
         Tomé las disposiciones necesarias para asegurarme de que no se me interrumpiera.
         Me limité a pasar por mi alojamiento; provisto de un escritorio portátil y de una maleta tomé un coche de alquiler y me trasladé hasta Los cuernos de caza, una posada a unas dos millas de Londres que era muy tranquila y cómoda, con gruesas paredes. Allí, sin que hubiese posibilidades de intromisiones o distracciones, resolví dedicar varias horas de la noche a estudiar el caso del señor Jennings en mi acogedor cuarto de estar; y si fuera necesario, también le consagraría buena parte de la mañana siguiente.
         (Acá el doctor Hesselius introduce una minuciosa información con sus opiniones sobre el caso y sobre los hábitos, dieta y medicinas que recomendaba. Es curiosa; algunas personas dirían que hasta tiene implicaciones místicas. Pero, en conjunto, dudo que interese lo suficiente al lector que con más probabilidad recorra estas páginas como para justificar su inclusión en el relato. Es evidente que este texto fue íntegramente redactado en la posada donde el médico se había aislado temporariamente. La carta siguiente está fechada en su alojamiento londinense.)
         A las nueve y media me marché de la ciudad y me trasladé a la posada donde dormí anoche; no regresé a Londres hasta esta tarde, a la una. Sobre mi mesa hallé una nota escrita por el señor Jennings. No había llegado por correo y al averiguar su procedencia me enteré de que la había entregado el criado del remitente, quien se mostró muy intranquilo al enterarse de que yo no volvería hasta hoy y de que no podían informarle dónde me hallaba. Declaró que su amo le había dado orden de no retornar sin una respuesta. Abrí la carta y leí:
         “Estimado doctor Hesselius: Se halla aquí. No había transcurrido una hora desde que usted partió cuando eso ya estaba de regreso. Está hablando. Sabe todo lo que sucedió. Sabe todo, lo conoce a usted y está enfurecido y terrible. Me injuria. Está enterado de cada una de las palabras que he escrito, de las que estoy escribiendo. Le envío esta nota porque se lo prometí a usted, pero me temo que sea muy confusa, muy incoherente. ¡Se me interrumpe y se me perturba tanto!
         ”Siempre suyo, sinceramente,
Robert Lynder Jennings.”
         —¿Cuándo llegó esta carta? —pregunté.
         —Anoche, a eso de las once; el criado volvió más tarde y hoy ya ha venido tres veces. La última fue hace alrededor de una hora.
         Después de recibir esta respuesta, con mis anotaciones sobre el caso en el bolsillo, al cabo de pocos minutos viajaba en dirección a Richmond, para visitar al señor Jennings.
         Como se dará cuenta, de ningún modo había perdido las esperanzas al respecto. El mismo paciente había recordado y aplicado, aunque de modo por completo erróneo, el principio que expongo en mis Ensayos de medicina metafísica, que rige todos los procesos de esa índole. Me disponía a ponerlo en práctica correctamente. Estaba muy interesado y muy ansioso por ver y examinar al señor Jennings mientras el “enemigo” se hallaba efectivamente presente.
         Llegué hasta la sombría casa, subí corriendo los escalones y llamé. Casi de inmediato, la puerta fue abierta por una mujer alta, vestida de seda negra. Tenía un aspecto descompuesto y parecía haber estado llorando. Me saludó con una inclinación de cabeza; oyó mi pregunta, pero no respondió. Dando vuelta la cara, extendió una mano hacia dos hombres que estaban hablando en la escalera; después de que, en la práctica, me hubo derivado tácitamente a ellos, atravesó con prisa una puerta lateral y la cerró.
         De inmediato me dirigí al hombre que estaba más cerca del vestíbulo; pero cuando me aproximé más, me sentí desconcertado al comprobar que tenía las manos tintas en sangre.
         Retrocedí un poco; el hombre terminó de bajar la escalera y se limitó a decir casi en un susurro:
         —Allí está el criado, señor.
         El criado se había detenido en la escalera, mudo y confuso al verme. Se limpiaba las manos con un pañuelo empapado de sangre.
         —Jones, ¿qué sucede? —pregunté, mientras se adueñaba de mí una sospecha atroz.
         El criado me pidió que subiera al descanso. En un instante estuve junto a él; pálido, con el rostro ceñudo y ojos empequeñecidos, me comunicó el horrendo suceso que a medias había adivinado.
         Su amo se había quitado la vida.
         Subí en su compañía la escalera y entré en la habitación; no le describiré lo que allí vi. Se cortó el cuello con una navaja. Era una herida espantosa. Los dos hombres lo habían extendido sobre el lecho y le habían acomodado piernas y brazos. Como lo revelaba el inmenso charco de sangre, eso ocurrió en el espacio entre la cama y la ventana. Había una alfombra en torno del lecho y otra debajo del tocador, pero ninguna sobre el resto del piso; el criado explicó que al señor Jennings no le agradaba tener íntegramente alfombrado el dormitorio. En ese penumbroso y ahora terrible aposento, uno de los inmensos olmos que oscurecían el edificio estaba agitando lentamente la sombra de una de sus grandes ramas sobre ese tremebundo piso.
         Le hice una seña al criado y juntos descendimos a la planta baja. Atravesé el vestíbulo y me introduje en una habitación con anticuado revestimiento de madera; allí, de pie, escuché todo lo que el criado tenía que contarme. No era mucho.
         —Anoche cuando se marchó, señor, de sus palabras y de su conducta deduje que, en su opinión, mi amo estaba gravemente enfermo. Pensé que usted temía que pudiese sufrir un ataque o algo parecido. En consecuencia, cumplí estrictamente sus instrucciones. El señor Jennings se quedó levantado hasta muy tarde, pasadas las tres de la mañana. No estuvo ni leyendo ni escribiendo. Hablaba mucho consigo mismo, pero eso no salía de lo habitual. Más o menos a esa hora lo ayudé a desvestirse; cuando me fui tenía puestas las pantuflas y la bata. Alrededor de media hora más tarde regresé discretamente. Estaba en el lecho, ya desvestido; había un par de velas encendidas sobre la mesa, junto a la cama. Cuando entré, se apoyaba en el codo y miraba hacia el otro extremo de la cama. Le pregunté si necesitaba algo y me respondió que no.
         ”Ignoro si el motivo fue lo que usted me dijo, señor, o si había algo extraño en mi amo, pero lo cierto es que anoche me sentía inquieto, insólitamente inquieto con respecto a él.
         ”Al cabo de otra media hora, acaso un poco más, volví a subir. No lo oí hablar como antes. Abrí un poco la puerta. Las dos velas estaban apagadas, y eso no era lo acostumbrado. Yo tenía una palmatoria, y dejé entrar un poco de luz, sólo un poquito, mientras recorría la habitación con la mirada. El señor Jennings estaba sentado en una silla junto al tocador; se había vestido de nuevo. Se dio vuelta y me miró. Me pareció raro que se hubiese levantado, se hubiese puesto la ropa y hubiese apagado las velas para permanecer despierto en la oscuridad. Pero me limité a inquirir si podía hacer algo por él. Me respondió que no, de manera un tanto brusca, pensé. Le pregunté si prendía las velas; me contestó:
         ”—Haga lo que le parezca, Jones.
         ”De modo que prendí las velas y me demoré dando vueltas por el cuarto. Me dijo:
         ”—Dígame la verdad, Jones. ¿Por qué regresó? ¿Acaso oyó blasfemar a alguien?
         ”—No, señor —le repliqué, intrigado por lo que pudieran significar sus palabras.
         ”—No —repitió—, por supuesto que no.
         ”Lo interrogué:
         ”—¿No sería mejor, señor, que se acostara’? Ya son las cinco.
         ”No respondió más que esto:
         ”—Es muy probable. Buenas noches, Jones.
         ”Por lo tanto me marché, señor, pero volví menos de una hora más tarde. La puerta tenía el cerrojo echado. Me oyó y requirió, según creí desde el lecho, qué quería; me ordenó que no volviera a molestado. Me acosté y descansé un rato. Subí de nuevo aproximadamente entre las seis y las siete. La puerta seguía cerrada y el señor Jennings no me respondió; en consecuencia preferí no molestado y, suponiendo que dormía, no volví hasta las nueve. El señor Jennings acostumbraba reclamar mi presencia con la campanilla cuando me necesitaba; por otra parte, yo no tenía una hora fija para despertarlo. Llamé suavemente, y al no recibir contestación, me mantuve alejado bastante tiempo, pues pensé que se hallaba reposando. Hacia las once empecé a sentirme realmente preocupado por él pues, según recordaba, en los últimos tiempos nunca se levantaba después de las diez y media. Golpeé y lo llamé; tampoco me contestó. Como yo solo no podía forzar la puerta, apelé a Thomas, que trabaja en la caballeriza, y ambos la echamos abajo. Hallé al señor Jennings en el espantoso estado que usted vio.”
          Jones no tenía nada más que decir. El pobre señor Jennings era muy cortés y muy bondadoso. Todos sus servidores lo apreciaban. Pude comprobar que su criado estaba muy conmovido.
         Y así, afligido y pesaroso, abandoné esa horrenda morada y su sombrío dosel de olmos; confío en no volver a verla jamás. Mientras le escribo, me siento como un hombre que se hubiera despertado de un sueño escalofriante y monótono. Mi memoria rechaza la escena con incredulidad y terror. No obstante, sé que es verdadera. Es la historia de los efectos de un veneno, de un veneno que estimula la acción recíproca del espíritu y de los nervios y paraliza los tejidos que separan esas funciones gemelas de los sentidos, la externa y la interna. De tal manera hallamos extraños acompañantes y prematuramente lo mortal y lo inmortal se vinculan entre sí.
Conclusión: Una palabra para los que sufren
         Mi querido Van L., usted padeció una dolencia similar a la que acabo de describir. En dos oportunidades se quejó de una recaída.
         ¿Quién, en nombre de Dios, lo curó? Su humilde servidor, Martín Hesselius. Permítame que adopte la más enfática religiosidad de un antiguo y buen médico francés de hace trescientos años. Dijo: “Yo lo traté y Dios lo curó”.
         Amigo mío, no tiene que ser hipocondríaco. Permítame que le exponga un hecho.
         Como lo demuestra mi libro, he conocido y tratado cincuenta y siete casos de esta suerte de visión que denomino indistintamente “sublimada”, “precoz” e “interior”.
         Existe otro tipo de afecciones, llamadas con justicia ilusiones sensoriales, aunque por lo común se las confunde con las que examino. Creo que estas últimas no son más difíciles de curar que un resfrío o una leve dispepsia.
         Las que pertenecen a la primera categoría mencionada son, precisamente, las que ponen a prueba la agilidad de nuestro pensamiento. He encontrado cincuenta y siete casos de esta especie, ni uno más ni uno menos. ¿En cuántos he fracasado? En ninguno.
         No existe ninguna dolencia humana que pueda ser combatida con mayor facilidad y con más éxito, si se tiene un poco de paciencia y una razonable confianza en el médico. Con ayuda de estas simples condiciones, opino que la curación es absolutamente segura.
         Debe tener en cuenta que ni siquiera empecé a tratar el caso del señor Jennings. No abrigo ninguna duda de que lo hubiese dejado en perfecto estado de salud en el término de dieciocho meses; acaso ese lapso podría haberse extendido hasta dos años. Algunos pacientes pueden recuperarse con rapidez, otros imponen muchas demoras. Todo médico inteligente que cumpla sus tareas con reflexión y diligencia está en condiciones de facilitar el restablecimiento del enfermo.
         Usted conoce mi ensayo sobre Las principales funciones del cerebro. En él, basándome en la evidencia de innumerables hechos, demuestro, según creo, que existen amplias posibilidades de que en el mecanismo cerebral haya una circulación arterial y venosa que se cumple a través de los nervios. Así encarado, el corazón de este sistema es el cerebro. El fluido transportado a través de una clase de nervios regresa, mediante el conducto de otra clase de nervios, en un estado modificado; la naturaleza de este fluido es espiritual, aunque no inmaterial; lo mismo puede decirse, corno ya he señalado, de la luz y de la electricidad.
         A causa de variados abusos, entre los cuales se halla el empleo habitual de agentes tales como el té verde, puede afectarse la calidad de este fluido, aunque con mayor frecuencia lo que se perturba es su equilibrio. Corno este fluido es lo que tenernos en común con los espíritus, cualquier congestión localizada en las masas del cerebro o de los nervios y conectada con el sentido interior crea una zona indebidamente expuesta, sobre la cual pueden operar los espíritus incorpóreos; de tal modo se establece la comunicación con mayor o menor eficacia. Entre esta circulación que gobierna el cerebro y la que es regida por el corazón existe una íntima afinidad. La sede, o más bien, el instrumento de la visión exterior, es el ojo. La sede de la visión interior es el tejido nervioso y el cerebro, en la región que se halla alrededor y por encima de las cejas. Recordaré con cuánta eficacia disipé sus visiones mediante la simple aplicación de agua de colonia helada. Pocos casos, sin embargo, pueden ser tratados de la misma manera y con éxito tan rápido. El frío actúa vigorosamente corno descongestionador del fluido nervioso. Si se lo aplica en exceso inclusive provoca esa insensibilidad permanente que denominarnos entumecimiento y si su acción se prolonga un poco más acarrea parálisis, tanto muscular como sensitiva.
         No tengo ni la más mínima duda, repito, de que en primer término hubiese debilitado y por fin obnubilado ese ojo interior que el señor Jennings había abierto inadvertidamente. Los mismos sentidos se abren en el delirium tremens y vuelven a cerrarse por completo cuando el exceso de actividad del corazón cerebral y las prodigiosas congestiones nerviosas que lo acompañan son interrumpidos por un decisivo cambio en el estado físico. Al operar sostenidamente sobre el cuerpo, con ayuda de un proceso simple, este resultado se obtiene sin el menor margen de dudas. Hasta ahora nunca fracasé.
         El pobre señor Jennings se quitó la vida. Pero esa catástrofe fue consecuencia de una enfermedad por completo distinta que, en la práctica, se proyectó sobre la dolencia que ya lo había atacado. Su caso exhibe los rasgos característicos de una complicación; y el mal que en realidad lo hizo sucumbir fue una manía suicida hereditaria. No puedo decir que el pobre señor Jennings fuese un paciente mío porque ni siquiera había empezado a tratar su afección y, por su parte, estoy convencido de que aún no me había otorgado una plena e incondicional confianza. Si el enfermo no asume como suya la causa de la dolencia su recuperación es indudable.
[1] En el anglicanismo se denomina “Alta Iglesia” al sector que es partidario de conservar las tradiciones del cristianismo medieval inglés; se opone a quienes sustentan una óptica más afín con las ideas calvinistas. En la época en que Le Fanu escribió su relato, la Alta Iglesia era motivo de considerable atención a causa de que sus postulados habían sido renovados por el Movimiento Oxford, en el que militó John Henry Newman hasta su ingreso en el catolicismo romano. (N. de la T.)
[2] GODFRIED SCHALKEN (1643-1706), pintor holandés al que Le Fanu hizo protagonista de un cuento. (N. de la T.)
[3] La City es la zona de Londres que ha gozado de franquicias en su gobierno desde la Edad Media; en la actualidad es el sector donde se concentra la actividad comercial y financiera. (N. de la T.)
[4] Término latino que significa “muro”, “pared”. (N. de la T.)
Título original: Green tea, 1869. Traducción de Virginia Erhart y Jaime Rest.
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